
El cicloturismo tiene dos velocidades: unos compiten; otros salen simplemente para terminar la prueba. Hay espacio para las dos especies de aficionados. Tras el inicio neutralizado desde Leioa hasta Larrabetzu, el alto de Morga descorchó la marcha. Había pique por delante. Laiseka -vestido del Discovery Channel- y Arsenio, entre otros, adelgazaron el grupo. Apenas una treintena. David López se les pegó. «Sube como si nada, con el molinillo», comentó uno de los participantes. «Hombre, es profesional», le respondieron. David López silbaba y los demás jadeaban. Normal. En la cuesta de Rigoitia, ya sólo una docena de dorsales abría la carrera. Selección natural.
Eso sí, los profesionales se pararon luego en el avituallamiento de Larrauri. Paz. En cambio, muchos cicloturistas ni se apearon. Espíritu competitivo. «Ya comeremos en la meta». Una barrita energética, un trago y a darle. Por Maruri hacia Andraka. Para entonces, la Clásica Astorki ya estaba bien parcelada en grupos. Cada uno en el suyo. Es lo bueno de estas pruebas: hay vagones para todos. Fernando Astorki, por cierto, iba camino del hospital de Cruces. Otra vez como médico ciclista, como durante tres décadas en la Vuelta a España. Uno de los ciclistas había reunido toda la mala suerte del día. En el descenso desde Rigoitia hacia las canteras, se pegó contra un bache. Es un tramo de asfalto acribillado por los camiones.
Para cuando Astorki llegó a la meta, al polideportivo de Leioa, los primeros ya tomaban refrescos y recogían sus regalos. Para todos lo mismo. El cicloturismo es una fiesta. Como la Clásica Astorki una mañana de mayo al año. Ayer, además, se acordó de Mikel Artetxe, antes ciclista y hoy cicloturista.





