Eran las doce del mediodía. En la pista se batían el cobre los aspirantes a estrellas, pilotos de GP2 cuyo 'paddock' es una réplica en miniatura del santuario de oropel de la Fórmula 1. Pilotos que compiten con menos medios, normalmente pagan por subirse a un monoplaza y generalmente deparan carreras más abrasivas y entretenidas por competidas y disputadas.
No tenía reclamo especial la cita, salvo por lo que deparase para los españoles concursantes: Javier Villa, Roldán Rodríguez, Andy Soucek y Adrián Vallés. De repente la diversión de la gente en la grada pasó de la velocidad de los bólidos a la aparición canina.
Dos perros, uno negro y otro blanco, se lanzaron a la pista como quien suelta un galgo en la meseta a la caza de la liebre. Muy poco glamour para las gentes de la Fórmula 1. Uno de los pilotos esquivó al cánido blanco en una recta en la que se alcanzan velocidades de 250 kilómetros por hora. Pero el fogonazo asustó al animal, que falleció unos segundos después cuando Bruno Senna no pudo esquivarlo.
El atropello fue brutal y el enfado del brasileño, sobrino del legendario Ayrton Senna, no menos espectacular. Tuvo que retirarse y se bajó del coche en los garajes hecho un basilisco, puños en alto. Mientras tanto aparecieron las indicaciones del director de carrera, que ordenó la entrada del coche de seguridad. En el monoplaza del brasileño se podía comprobar media hora después las secuelas del golpe. El neumático derecho tapado con un plástico rojo no impedía ver los restos del pelo blanco del animal.





