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Guipúzcoa

FELIPE DE LOS TOYOS PALACIOS, EIBARRÉS EN LA DIÁSPORA
«Ahora los cócteles en el Ritz ya me caen anchísimos»
Sobresalió en el ámbito bursátil y llegó a presidir las dos principales compañías de servicios financieros
12.05.08 -

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«Ahora los cócteles en el Ritz ya me caen anchísimos»
Felipe de los Toyos posa junto a su perro en el jardín de su casa madrileña. / E. C.
Felipe de los Toyos se declara eibarrés de pura cepa y se enorgullece de ello, aunque haya transcurrido medio siglo desde que su vocación emprendedora le llevó a recorrer Inglaterra, Alemania y Suiza en busca de algo más de lo que le ofrecía su pueblo en el arranque de los años 60. Compensó su falta de formación aprendiendo idiomas y tiró de ingenio, intuición, perseverancia y mucho atrevimiento para crecer desde la nada y llegar a convertirse en uno de los personajes más influyentes en el ámbito bursátil y financiero.

Se sumergió antes que nadie en los mercados de futuros y en su imparable ascenso alcanzó la presidencia en España de Merrill Lynch y de EF Hutton, al menos por entonces las dos firmas de servicios financieros más relevantes a nivel mundial. Ahora, con 75 años, ya se posiciona al margen de los vaivenes económicos, feliz en su retiro madrileño, aunque conserva el espíritu vitalista y la clarividencia que le guió hasta la cúspide de la economía.

-¿Cómo fueron sus inicios?

-Con 18 años trabajaba en el Banco Guipuzcoano, pero quería aprender inglés y me fui a Inglaterra. Además, estaba un poco hastiado de los txikitos y las cazuelitas de Eibar y me hice a la idea de que tenía que hacer algo más. Al volver entré en Zamacola Hermanos, que sólo hacía básculas y cañones, así que creé la fabricación de escopetas y puse en marcha la exportación. Hice viajes a Brasil y a otros sitios para venderlas y tuvimos éxito, pero surgieron diferencias con los propietarios; decían que cobraba más que ellos, cuando en realidad iba a comisión, y me marché.

-¿Hacia dónde?

-Coincidió con una dolencia renal y por recomendación médica me fui a Torremolinos. Cuando me saturé del sur decidí ir a Alemania a aprender alemán. Allí estuve casi tres años como profesor de español en un colegio y en él conocí a una alumna que luego sería mi mujer. Como ella tenía que hacer unos cursillos en Suiza hice las maletas y la acompañé.

-¿Resultó buena la experiencia?

-Allí fue donde realmente comenzó mi vida profesional, pues empecé a trabajar en una empresa americana de bolsa. Al cabo de unos tres años quise volver, aunque mi jefe habló de mí a los directivos de Merrill Lynch, con sede en Nueva York, y gracias a esa mediación comencé a trabajar con ellos, primero en Ginebra y desde 1964 en Madrid. Empecé desde abajo. Había uno que le llevaba el café al jefe y yo era el que le ponía el azúcar. Pero fui subiendo y en 1971 me incorporé al equipo ejecutivo.

-Y llegó lejos.

-Tuve mucha suerte y también puse mucho esfuerzo. Fui el introductor en España de lo que ahora se llaman los mercados de futuros. Aquí no los conocía ni San Pedro y, con buena perspectiva de lo que podía pasar, me especialicé en eso. De hecho, a una empresa de Reus aprobada por mí le dieron la primera autorización para operar en los mercados de futuros internacionales, después de entrevistarme con el ministro de Comercio, Alberto Ullastres, y de insistir ante los ministerios y el Banco de España. Me volqué hacia esa industria, como con Aceprosa, de Bilbao, y aquello fue una especialización básica para mí, porque como nadie entendía de ello, me llamaban. Así fue cómo comencé a ser una pequeña autoridad en esa materia.

-¿Cómo se produjo su ascenso definitivo?

-Al principio de los 70 hubo una gran crisis mundial con las materias primas, y en concreto afectaron los problemas de Perú, que era el principal suministrador de harina de pescado. En España se produjo un gran desbarajuste, desde los ministerios me pidieron que les echara una mano y les ayudé a solucionar el problema. Luego cambió el gobierno, llegó Nemesio Fernández-Cuesta y quería verme, porque comencé a tener cierta autoridad en todo este tinglado. A raíz de ello, en 1974, a los pocos años de venir de pinche aquí, me hicieron presidente de la compañía.

Alejado de las finanzas

-Por fin logró lo que tanto buscó.

-Estuve siete u ocho años, pero luego me cansé un poco, porque allí ya estaba todo inventado. No me dejaban actuar como yo quería, por ejemplo cuando quise sacar Koipe a bolsa, y entonces me aburrí. Así, de igual manera que había dejado otras cosas, dejé aquello también. Estuve algún tiempo fuera, con una compañía de comercio internacional, pero luego la segunda empresa más importante a nivel financiero, EF Hutton, vino a buscarme.

-¿Y le encontraron?

-Cuando te buscan los americanos te encuentran, porque ponen un uno y no paran de añadirle ceros hasta que llegas a un entendimiento. Así, al cabo de un año me reincorporé al negocio financiero y fui presidente de esa compañía en España. Luego, con la crisis de los 90, la empresa fue absorbida por otra y, como no me gustaban los nuevos propietarios, me marché. De eso hace casi 20 años en los que no he pegado ni golpe, porque me retiré con 58 años y estoy alejado de todo. La bolsa no quiero ni mirarla. Me dedico a vivir la vida. Vivo bien. Bueno, muy bien, para qué me voy a andar con historias.

-¿Ha viajado mucho?

-Muchísimo, a menudo por cuestiones de mi cargo. Reuniones en Estados Unidos, en Europa... he tenido una vida muy activa, pero no la echo de menos. A mí los cócteles en el Ritz y las convenciones de directores generales no sé dónde ya me caen anchísimos.

-¿Y su familia?

-Mi mujer alemana se ahogó en el mar durante unas vacaciones en Benicasim. Con ella tuve dos hijas, que viven en Dallas y en Pamplona, y ahora tengo otros dos pequeños, de 7 y 5 años, con mi pareja, que es de Camerún. Así que fíjate si tengo buen humor.

-Observo durante la conversación que se dirige a los niños en inglés.

-Son completamente bilingües, pero les hablamos sólo en inglés, porque dominar ese idioma desde pequeños es un activo que no se paga con dinero. Hoy en día es más importante que ser ingeniero de caminos. Yo no tengo estudios universitarios, porque provengo de una familia muy humilde y en realidad soy, como dicen los americanos, un 'self made man', un hombre que se ha hecho a sí mismo, y si tengo algún mérito ha sido ese. Pero si no hubiera hablado inglés nunca lo hubiera conseguido. También hablo alemán y francés.

-¿Cuál ha sido su vínculo con Eibar?

-De los cinco hermanos que éramos sólo me queda el mayor, pero con él tengo muy buena relación. De hecho este mismo fin de semana vamos ahí a una comunión de un sobrino-nieto. Me doy cuenta de que ya no conozco a nadie y me siento un poco ausente, fuera de mi ámbito, pero cada vez que oigo el nombre de Eibar me paro a escuchar lo que dicen, porque aunque vaya menos que antes o no esté muy ligado a la localidad, ten en cuenta que ahí he vivido mis 20 primeros años, y eso te marca para siempre. Me siento muy eibarrés, sin ningún género de dudas.

-¿Cómo está su pueblo?

-Cambiadísimo. Vivíamos en Legarre y además mi padre y mi tío fueron de los fundadores de Alfa, por lo que estamos muy vinculados a la empresa. Ahora te encuentras con que ha desaparecido de su enclave original. Tenemos aquí un txoko vasco, en el que nos reunimos un montón de viejetes, y entre ellos está el hijo de don Fernando Mendoza, el que fuera director de Alfa. Es de mi edad y me dice: si tu padre, que era socialista, y el mío, que era capitalista, supieran que nos estamos tuteando aquí...
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