
«En esta parte del delta del río Irrawaddy, a las cuatro de la tarde del viernes, sin que nos hubieran avisado los partes meteorológicos, el viento empezó a soplar con una potencia antes nunca vista», explicó ayer a EL CORREO en Bogalay, una de las 'zonas cero' del 'Nargis' junto a Labutta y Pyapon. Estas tres localidades aportan el grueso de las víctimas mortales del ciclón, que podrían sobrepasar las 100.000 personas, aunque el Gobierno birmano aún sigue dando la cifra oficial de más de 60.000 muertos y desaparecidos.
Algo que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo porque, como refleja el caso de Uhle Leyi, sólo ha visto los cadáveres de su mujer y de tres de sus hijos, y tiene pocas esperanzas de hallar con vida a sus otros cuatro vástagos. «Asustados por la violencia de la tormenta, huimos en varios botes junto a otros vecinos, pero todas las canoas volcaron por el oleaje y la fuerza del viento. La mayoría se ahogaron», relata apesadumbrado el hombre, quien se mantuvo a flote durante seis horas hasta que la marea lo devolvió a tierra por la mañana junto a otros supervivientes de su aldea.
Al cobijo del abad
Todos ellos han recalado en el monasterio budista de Bogalay, donde el prestigioso abad Sitagu Nyarneinthara ha dado cobijo a seiscientos damnificados por el ciclón y atiende cada día a decenas de personas en su clínica. Entre ellos figuran dos niños, también de Yaw Thit, que se han quedado huérfanos. «Nuestra casa, que era de madera, se vino abajo por el viento y sepultó a mis padres y a dos hermanos, pero a mí me llevó la corriente y logré salvarme», indica llorando Win Then, de 14 años, mientras que Min Min, de 13, estuvo nadando durante toda la noche después de que su madre se ahogara al hundirse la barca en la que huían.
Tras esquivar la muerte milagrosamente, muchos de los supervivientes vagaron varios días sin comida ni agua. Es el caso de Thet Naing Oo, un policía de 24 años que se pasó seis días sin comer -hasta que llegó al monasterio el pasado jueves- y bebiendo sólo la leche de los cocos. «Nuestro pueblo ha sido borrado del mapa y no queda ni una casa en pie», asegura consternado el joven, que vivía en Kunthichaung y aún no sabe cuántos de sus vecinos y amigos han fallecido.
En el monasterio de Bogalay, donde los monjes repartieron ayer entre los damnificados ropa recogida mediante donaciones, la lista de víctimas es interminable y figura en una libreta donde se escriben las identidades de los supervivientes y de sus difuntos parientes. En ese cuaderno, tan trágicamente manoseado estos días, aparecen los nombres de Kyi Win, que a sus 44 años ha perdido a sus cinco hijos y a dos nietos, o de U Hla Tun, que es el único que queda de una familia de nueve miembros. Todos ellos, agricultores y pescadores que ganaban lo justo para vivir con muchas precariedades, han perdido lo único que tenían: a sus seres queridos.








