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12.05.08 -

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La intervención del presidente Rodríguez Zapatero en la fiesta de los socialistas vascos y la posterior respuesta de la vicelehendakari, Idoia Zenarruzabeitia, subrayaron ayer la imposibilidad de que ambos ejecutivos lleguen a cualquier entendimiento sobre el proyecto soberanista de Juan José Ibarretxe, anticipando de forma oficiosa la carrera hacia las elecciones autonómicas. Aunque el reciente revés en las generales aconseja al PNV evitar un pronto adelanto de los comicios, el inexorable empecinamiento de Ibarretxe por cumplir el calendario hacia la consulta autodeterminacionista que desgranó en el Parlamento hace siete meses ha acabado por vaciar de contenido la legislatura en Euskadi. El sentimiento de agravio con que el lehendakari y otros miembros de su Ejecutivo han respondido ante la negativa de Rodríguez Zapatero, reiterada ayer, a negociar ninguna reforma del autogobierno que sobrepase los márgenes de la legalidad, no descarga de responsabilidades a quienes se han obcecado en su propuesta, a sabiendas de que ésta es inasumible conforme a las reglas constitucionales y estatutarias. Porque aunque Ibarretxe intente presentar todos los intentos de reactivar sus propósitos soberanistas como un hecho fundacional, con lo cual cada rechazo permitiría alimentar un renovado victimismo, es la inviabilidad de su apuesta la que viene condenándola al fracaso desde que la formalizara en 2002.

En todo este tiempo, el lehendakari no sólo no ha desistido ante los obstáculos legales, sino que ha diseñado un plan para soslayarlos al que ha amarrado al PNV. Pero es muy dudoso que la enésima tentativa de confrontar una pretendida legitimidad política a la legalidad democrática consiga diluir la sensación de que la sociedad está ya exhausta ante un debate circular y frustrante, incluso en el supuesto de que el nacionalismo lograra seguir rentabilizando en las urnas el enfren- tamiento con Madrid. La dirección peneuvista ha encontrado en el rechazo de Rodríguez Zapatero a adentrarse en aventuras como la que plantea Ibarretxe la justificación para seguir amparando los objetivos más radicalizados del lehendakari. Sin embargo, es justamente ese apoyo el que revela que las apelaciones al pacto dirigidas por Iñigo Urkullu al presidente del Gobierno tras el 9-M constituían no tanto una voluntad sincera de acercar posturas, como un movimiento para tratar de endosar a su interlocutor la resolución de las divisiones internas que perviven en el partido desde el fracaso de Lizarra y que forzaron la dimisión de Josu Jon Imaz. Pero resultaría tan ingenuo como equívoco interpretar que el PNV vuelve a solapar su dilema dejando manos libres a Ibarretxe, cuando esa encrucijada ha quedado superada por la apuesta por un nuevo modelo de autogobierno que en cualquiera de sus expresiones da por finiquitado el marco estatutario. Aunque eso signifique continuar avalando el agotado plan soberanista del lehendakari.
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