
Ginés Jiménez fue el primero en declarar ante la titular del Juzgado de Instrucción número 1 de Coslada, María de las Nieves Gómez Martínez. Durante la hora y media que duró su interrogatorio, el 'Sheriff' insistió en su inocencia, una estrategia que su abogado, José Andrés Díez, ya había adelantado. El letrado avisó de que no iba a permitir que a su defendido se le implicara en un nuevo 'caso Malaya'.
«Es muy querido»
Díez insinuó que su cliente había sido víctima de la guerra entre el Gobierno autonómico 'popular' y el ayuntamiento socialista, a cuenta de la polémicas Bescam (Brigadas Especiales de Seguridad de la Comunidad Autónoma de Madrid). Díez, que llegó a afirmar que el supuesto 'capo' es «muy querido» en el pueblo, aseguró que las pruebas contra el principal implicado son «débiles» y se mostró confiado en que pudiera ser liberado bajo fianza.
Jiménez se mantuvo «impertérrito» a las pruebas en su contra, una actitud idéntica a la que exhibió durante las 72 horas de incomunicación a manos de la Policía Judicial. No confesó. Con gran entereza, sostuvo en todo momento que ignoraba lo que sus subordinados hacían por las noches y que en modo alguno podía hacerse responsable de las actividades de toda la plantilla.
El 'Sheriff' argumentó que únicamente aparecía por los bares y prostíbulos para hacer inspecciones legales, que nunca extorsionó o coaccionó a los dueños de los locales, que jamás cobró una 'mordida' y que es «víctima de una conspiración» que dura ya años.
Tras el presunto cabecilla, fueron pasando ante la jueza trece de sus subordinados, que declararon hasta bien entrada la noche. El segundo implicado en dar su versión fue 'Carlos', el lugarteniente y chófer de Jiménez, quien se entregó el sábado a la Policía tras escapar a la redada. Como su jefe, se declaró inocente de los cargos que se le imputan. Negó que 'El Bloque' -como se autodenominaba el grupo de policías imputados- fuera una organización mafiosa. Según su testimonio, sólo era un apodo para el grupo de agentes que acudían juntos al gimnasio.
Conforme disminuía la implicación y la graduación de los agentes, aumentaron las confesiones. Aunque todos se declararon inocentes, algunos se derrumbaron e implicaron a compañeros y al propio jefe para intentar exculparse. En general, aseguraron que se limitaban a cumplir órdenes y que de no haberlo hecho, habrían sido despedidos.









