Los butaneros colapsaban los ascensores y aparecían ante tu puerta con el uniforme oscurecido de herrumbre y sudor. Solían ser bajitos, fuertes y habladores. Siempre iban con prisa y guardaban el dinero en unas riñoneras de cuero ennegrecido. Yo no sé qué le ocurre a nuestro pasado, pero, en cuanto nos descuidamos, se vuelve neorrealista.
Ahora la gente tiene gas natural y hemos visto bombonas de butano que ni siquiera son de color butano, sino plateadas, ligeras e inoxidables. Los tiempos mejoran y pierden algo de carácter. Eso, naturalmente, sólo se aprecia desde el cómodo aburrimiento que nos proporciona el bienestar. Puestos a elegir entre el carácter y el agua caliente, los ocho mil vizcaínos que siguen esperando a que aparezca en lontananza el camión del butano no lo pensarían demasiado.
Hay en la provincia pueblos a los que no llega la red de gas natural. Sus habitantes sobrellevan con resignación su dependencia del butano y también el deterioro de un servicio que no vive sus mejores tiempos. Todos recordamos lo problemático que era para la intendencia familiar quedarse sin butano. En pueblos como Aulesti no tienen que recordarlo: lo viven con frecuencia. Ante las deficiencias del servicio, los vecinos piensan en ir ellos mismos a recoger las bombonas en sus coches.
Es probable que, en un futuro, los repartidores de butano terminen por extinguirse, como les ocurrió en su día a los carboneros. Sin embargo, los vecinos de lugares como Aulesti no tienen la culpa de la deriva de los tiempos y debería garantizárseles un suministro de energía cómodo y eficaz. Al fin y al cabo, vivir en un pueblo pequeño puede significar vivir lejos de la gran ciudad, pero nunca lejos del tiempo presente.













