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Pueblos sin gas
Más de 8.000 familias de pequeños municipios vizcaínos se ven obligadas a depender de las bombonas ante la imposibilidad de engancharse a la red de suministro

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Pueblos sin gas
EN HILERA. Las bombonas vacías se acumulan fuera de los bloques de viviendas en Aulesti. / MAIKA SALGUERO
El gas natural se ha convertido en un elemento cotidiano en la mayoría de los hogares vascos. El entramado de tuberías por el que discurre esta fuente de energía se ha extendido como una tela de araña hasta llegar a la mayoría de la población. Los últimos datos ofrecidos por el Departamento de Industria del Gobierno vasco cifran el número de clientes en 478.508.

Sin embargo, unos 8.000 vizcaínos se ven obligados a recurrir aún a la tradicional bombona de butano porque sus municipios -generalmente, poblaciones con menos de mil habitantes- carecen de la infraestructura necesaria para engancharse a la red. Entre las localidades que se encuentran en esa situación figuran Ajangiz, Arrieta, Aulesti, Errigoiti, Lanestosa, Galdames, Gizaburuaga, Ibarrangelu y Mañaria, entre otras.

En total, en Euskadi aparecen registrados como usuarios de butano cerca de 219.200 hogares, pero en realidad, según el Ejecutivo autónomo, la cifra es bastante inferior -cerca de 140.000-. Este baile de números se debe en parte a que «cuando los clientes cambian de energía no comunican la baja a la empresa que le suministraba el butano», apuntan fuentes consultadas por EL CORREO. Ante un mercado cada vez más dominado por el gas natural, la electricidad o el gasóleo, el número de bombonas a repartir por kilómetro cuadrado ha disminuido de forma radical, pero al mismo tiempo ha crecido el descontento entre los consumidores por un «deficiente» servicio de distribución.

Uno de los últimos informes sobre seguridad y salud en el trabajo de los repartidores de gases licuados del petróleo, publicado por CC OO, indica que un butanero reparte una media de 120 unidades al día. Tanto los profesionales como los usuarios consideran que el dato es fruto de un «cálculo demasiado optimista». Los vecinos de Aulesti saben por experiencia que esa cifra no se cumple «ni de lejos». Desde hace unos meses, las calles del municipio más poblado de la Mancomunidad de Lea Ibarra, a mitad de camino entre Markina y Lekeitio, están salpicadas de bombonas que comparten espacio con el mobiliario urbano.

Los usuarios están desesperados. «No nos hacen caso. La distribuidora asegura que el camión acude una vez por semana, en concreto los miércoles. Pero la realidad es bien distinta. Aparece cuando quiere, hace un reparto incompleto y encima, según quién venga, tienes que soportar actitudes poco profesionales», lamentan los miembros de una sociedad gastronómica. Los vecinos se han planteado incluso acudir con sus vehículos a reponer sus bombonas al almacén ubicado en Berriatua, «pero en la central de Markina nos dicen que probablemente no habrá nadie para atendernos», indica una residente.

Quejas de repartidores

Algunas familias llegaron a pasarlo bastante mal durante la pasada Semana Santa. «Fueron días de mucho frío, lluviosos, de estar en casa. Hubo personas mayores que tuvieron que buscarse la vida porque no tenían gas para la calefacción», recuerdan. Desde la distribuidora de Repsol reconocen que durante esas fechas vacacionales el servicio «tal vez no cubrió las necesidades de toda la población. Pero el resto del año, llegamos con normalidad», aseguran.

El Ayuntamiento considera que las críticas vecinales «tienen razón de ser y esperamos que pronto llegue la canalización del gas y todos estos problemas pasen a un segundo plano». Trabajadores de la agencia que reparte butano a toda la comarca, por su parte, mantienen que los repartidores son «el punto más débil de la cadena». «Tenemos que resolver todas las situaciones; que si una coloca el dinero debajo de la bombona, que si otra no se atreve y lo deja en la tienda que luego resulta que está cerrada, que si los de la sociedad te dejan una nota para que lo entregues en otro sitio....», se queja un empleado que acude con regularidad a Aulesti.

Aseguran, también que «para repartir el mismo número de unidades hay que recorrer más kilómetros, con el consiguiente incremento en el gasto de transporte y de tiempo. Es un trabajo duro, con muy poco prestigio social, donde es muy difícil cubrir las bajas», recalcan. Desde el pasado año, además del carné de conducir, los repartidores deben disponer del permiso de mercancías peligrosas (ADR), para el que están obligados a superar un examen tipo test. «Cuando alguien cae de baja, no tenemos repuesto. Acabo de solicitar personal nuevo para atender el incremento de demanda del verano y los cuatro candidatos han dicho que no», reconocen las mismas fuentes.
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