Arrojar la cara importa / que el espejo no hay por qué (Anónimo). Vivimos el domingo otra jornada 'histórica' en Europa, en donde desde Napoleón no suceden sino acontecimientos enmarcables. Todos son extraordinarios y ninguno suficientemente importante. Me recuerda a mí mismo y a un Don Perignon que guardo para un momento irrepetible, lo que se dice un hito, y que continúa en mi bodega. Desde entonces, he tenido una hija y dos nietos, y empiezo a creer que mi pragmatismo sitúe el momento etílico para la historia en mi despedida de este mundo, cuando ya no tenga el coño para ruidos. Eso, o algo así, ha sucedido con Serbia. Nos asociamos con el país balcánico tras la desafección de Kosovo y le prometimos vida eterna, formar carne de nuestra carne en el seno de la UE. Fue otro momento histórico. Ahora han ganado los proeuropeos y la circunstancia vuelve a situarse en la épica de lo exclusivo y glorioso.
Es cierto el éxito de Tadic, pero el suceso, aunque notable, no disimula la difícil situación política de Serbia y las malas querencias de la ciudadanía, con el corazón 'partío'. Y aunque la victoria de los 'nuestros' haya sido holgada, sumados, los malos son multitud. Hasta el Partido Socialista de Milosevic ha sacado la cabeza, con un 8% equivalente a 21 escaños, cuando se esperaba para él la suerte de su líder y genocida: polvo eres y en polvo te convertirás. Por si fuera poco, Kostunica, vencido y pusilánime, hasta ayer proeuropeo, hoy nacionalista y mañana Dios dirá, logra el 11,34% de los votos. Con lo que el radicalismo, junto a su paladín, el montaraz Tomislav Nikolic, que obtiene un sustancioso 29,22%, da vértigo. El país se sitúa en una montaña rusa donde las alternativas de desgobierno pueden sucederse con más velocidad que en Italia.
Sólo la intervención decidida de la UE y su capacidad para asimilar estos resultados pueden favorecer el aparente éxito en las urnas. Sólo un pacto honrado con la ciudadanía desengañada sería capaz de devolver al pueblo serbio la confianza ante su orfandad y tras la pérdida de Kosovo, en donde todavía viven 40.000 serbios. Será momento histórico cuando deje de parecer un espejismo pasajero. Para ello, habrá que refundar el país, rescatarlo de la miseria y fauces de la mafia, habida cuenta de que, en esta ocasión como en tantas otras, las buenas gentes han preferido votar con el corazón (siempre a la altura del estómago) que con el cerebro. La victoria de Europa no es tanto la de la libertad como la del progreso y los serbios desean salir del gueto y comprender que no son menos que Rumanía o Bulgaria. Pero me temo, como Victo Hugo, que «lo odioso del hipócrita comienza oscuramente en el hipócrita. ¡Qué náusea, beber perpetuamente su impostura!». Devuelvo el champán a la sombra de la bodega.