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Una ciudad para las personas

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Todos deseamos lo mejor para nuestra ciudad, para el barrio donde vivimos. Queremos hacerlo, en primer lugar, en paz y libertad y sumamos a continuación aspiraciones en función del entorno que nos rodea. Cada vez adquiere mayor importancia la humanización de la ciudad y las relaciones de convivencia que ofrece. En este sentido, la defensa activa del medio ambiente y la ampliación de los espacios de ocio tiene una gran relevancia.
Los políticos que gobiernan la ciudad y el territorio acostumbran a ir a remolque de los acontecimientos, parchean en lugar de proyectar y a la hora de planificar lo hacen de forma secretista y sin la participación ciudadana, generando altos costes sociales y económicos, a menudo irreversibles. Actúan con prepotencia pensando que al ser elegidos recibieron un cheque en blanco que no les obliga a contar con la ciudadanía hasta la siguiente convocatoria.
De ahí su menosprecio hacia los movimientos vecinales emergentes que reclaman, en nombre de sus barrios, atención y soluciones para problemas que, de forma constructiva, les presentan. Y cuando exigimos respeto recordándoles que son servidores públicos, cuyas retribuciones salen de nuestros bolsillos, responden con descalificaciones más propias de épocas pasadas tratando de sembrar la desconfianza de vecinos y vecinas respecto a las personas que están al frente de asociaciones vecinales.
Un ejemplo de este comportamiento arrogante de entender la política son los sucesivos incumplimientos de promesas hechas por responsables municipales y forales desde 1991 para construir nuevos accesos a Bilbao que permitirían eliminar los monstruos urbanísticos construidos por la dictadura en los años 70, tanto en Basurto como en Rekalde.
Sólo ha hecho falta que una modesta Asociación Vecinal en Basurto, apoyada por los ciudadanos, cubra con sus pequeños ahorros un estudio de impacto acústico realizado por la Universidad Pública de Navarra (PUNA), para que algún diputado foral hablara de «intereses inconfesables», «manos negras» y «manipulación» advirtiendo, al conocer que los demoledores resultados de ese estudio servirán para ejercer acciones legales contra las instituciones, que sólo se busca el dinero y que la opinión publica nos juzgará.
Lo que los ciudadanos están ya juzgando y seguirán haciéndolo, son los niveles intolerables de ruido y contaminación que sufrimos por la incompetencia de quienes han estado al frente de las instituciones. Juzgarán también a quienes ocultan o recortan los mapas acústicos encargados por la Diputación y el Ayuntamiento porque sus graves resultados coinciden con los obtenidos por la PUNA.
Los vecinos de Bilbao tendremos en cuenta su soberbia negándose una y otra vez a recibirnos o haciendo oídos sordos a las ideas que les presentamos. Porque detrás de la lucha vecinal por evitar los niveles de ruido insoportables, la cercanía de un crematorio o la imposición de un medio de transporte no deseado no hay interés económico o político, sino simple y llanamente la defensa de la salud, la accesibilidad y el bienestar ciudadano. Naturalmente que los vecinos y vecinas tienen derecho a una compensación por los daños morales y económicos ocasionados. Pero lo fundamental es hacer frente a las causas del ruido y la contaminación. Y convertir la participación ciudadana en un requisito imprescindible para llevar adelante los planes urbanísticos.
Bilbao conoce demasiados casos de oscurantismo institucional. Recientemente, los vecinos de San Ignacio se han movilizado para impedir la construcción de un enjambre de viviendas en una franja de 75.000 m2 que sería robada al canal de Deusto por medio de rellenos en sus orillas. Donde se preveía un paseo de ribera aparece una operación urbanística cuyos edificios pueden ocultar desde mediodía la luz solar a medio San Ignacio. Para el equipo de gobierno municipal ese asunto es secundario. Lo importante es hacer ya el relleno y entregárselo a las inmobiliarias. Junto a la urbanización salvaje en acantilados y marismas ahora se nos aparece un nuevo despropósito: hacerlo sobre la lámina de agua de un canal, como si nos persiguieran los bárbaros a las puertas de Venecia, como si no existieran 15.000 viviendas vacías en la ciudad.
Estos políticos, con sus manifestaciones desabridas y hasta ofensivas para el movimiento vecinal, intentan cubrir con humo sus propias responsabilidades y practican el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que verdaderamente le atañe, como nos advertía paula Valer.
La lucha de los vecinos de los barrios para que se respeten sus derechos y se impida tanta tropelía puede ser desproporcionada y parecerse a la de David contra Goleta, pero estamos seguros de que terminará como en la leyenda.
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