Es agotadora. Sabíamos de la carrera a la Casa Blanca, pero nunca imaginamos que fuera a convertirse en maratón. Decaen los titulares y la gente vacía las aceras. Es cansina. De las que hacen perder afición. Yo mismo, que era un creyente como Obama, empiezo a considerar la prueba una tortura del demonio y a plantearme si habrá merecido el esfuerzo de intentar llevar a una mujer o a un negro a la presidencia de EE UU. Entre otras cosas, porque no sé yo si alguno de los dos va a llegar vivo al final, seguro como estoy de que la estrategia de Hillary Clinton nada tiene que ver con el triunfo, sino con el desgaste del contrario y la necesidad de salvar su imagen. Al punto, de que los delegados lleguen a perder su confianza en ambos y de lo peor se decidan por lo menos malo. Es el cuanto peor mejor revolucionario, destinado a sembrar la duda entre los electores. Con un riesgo perfectamente calculado y egoísta, que acaben por ver la propuesta de cambio de Obama como ilusoria y el empuje del candidato una alegoría de su fanatismo. Muerto así el perro, se acabó la rabia.
El problema es que, aun así, alguien deberá devolver la ilusión a quienes no acaban de avanzar en su predilección por Clinton, de la que no se fían. La consideran una mujer impostada, con un mensaje social sin convicción y una sensibilidad de rinoceronte. Demasiado ambiciosa para parecer humana. De la candidata podría decirse lo que la escritora inglesa Beatrice Hanstings le dijo a su amante el pintor Modigliani: «Eres absolutamente inhabitable». Eso que también dicen de mí mi mujer y mis hijos y que debe ser el estigma (incomprendido) de los genios. Que se sepa, sólo los trabajadores blancos y Bill Clinton parecen dispuestos a negar la mayor.
Y mientras Hillary y Barack mueven el árbol, McCain recoge las nueces, en silencio y sin violencia para que los gestos bruscos no afecten a su reúma. Sabe perfectamente que su irrupción en campaña sólo puede servir de pretexto a la cohesión demócrata y animar a sus bases. Confía en que sus adversarios lleguen a la meta hechos unos zorros, con más cicatrices que 'El Cordobés'. Y que, al final, unos y otros acaben tirándose los platos a la cabeza. De hecho, los últimos sondeos ofrecen entre los demócratas un paisaje electoral lleno de grietas, en el que seguidores de uno y otro candidato no tienen reparos ya en afirmar que si se les pone en la tesitura de elegir al contrario, sencillamente, se abstendrán. No sólo no suman sino que restan. Mientras tanto, Bush está desaparecido para no molestar y se dedica a asistir a bodas, posiblemente el único lugar en el mundo en el no resulta conflictivo.