La religiosa vasca Victoria Aramburu, con 60 de sus 88 años atendiendo un centro de ayuda a leprosos en Birmania, encabeza ahora la asistencia a los damnificados del 'Nargis' en el hogar de ancianos de Rangún. «Ésta ha sido la mayor tragedia, aunque también murió mucha gente aquel año en el que los estudiantes se levantaron», dice la misionera al recordar los sucesos de 1988, cuando las fuerzas de seguridad mataron a cerca de 3.000 personas que pedían en las calles reformas democráticas.
El hogar de jubilados de las Misioneras Franciscanas, situado cerca del lago Kandawgyi, es un pulcro edificio de ladrillo color rojo levantado en 1901, que destaca entre las feas construcciones de cemento y en el que reciben cuidados más de dos centenares de personas mayores sin recursos económicos y de cualquier religión. En el tejado del edificio, varios obreros reparan los daños causados por el ciclón que el pasado día 3 arrasó el pobre país asiático.
Desde la independencia
La madre Victoria, natural de San Sebastián, lleva jubilada desde 1990 pero se niega a abandonar Birmania. Explica que aunque todos sus hermanos han fallecido, en España tiene «muchos sobrinos» y que le encanta poder hablar en español, aunque ha perdido la práctica tras emplear a diario y tantos años seguidos el birmano. «Estoy bien informada porque tengo muchísimos amigos de allí que me cuentan lo que ocurre», dice esta mujer simpática, de ojos vivaces, rostro enjuto, y cutis muy blanca.
Llegó a Birmania en 1946, cuando todavía era una colonia británica y dos años antes de que el general Aung San declarara la independencia. «Aquellos primeros años también fueron difíciles», explica en alusión a los períodos de inestabilidad política que la nueva nación vivió tras el asesinato del general Aung San, padre de Aung San Suu Kyi, Nobel de la Paz y actual líder de la oposición.