La casa cuartel de Legutiano está destruida tras la bomba de ETA, igual que la vieja casa de arbitrios situada enfrente, un agente ha muerto y hay cuatro heridos, pero el pequeño monolito que se levanta junto a la carretera y recuerda la batalla de Villarreal durante la Guerra Civil de 1936 sigue en pie. Detrás del paraje arrasado ayer por la banda terrorista se produjo uno de los enfrentamientos más duros de aquella contienda. Hubo más de 800 muertos. La localidad de 1.630 habitantes, que forma una hermosa península que se adentra en el embalse de Urrunaga, abastecedor de Vizcaya y Álava, guarda una dura biografía de enfrentamientos civiles y una memoria colectiva que ayer se volvió a remover.
A Angelines Ortiz de Arregui, de 76 años, las ventanas rotas de su vivienda en la calle Bekuri y el susto de la explosión de madrugada le recordaron nítidamente un episodio de aquella guerra. Revivió el momento en el que una bomba mató a una chica. Estaba amasando pan y la mandaron a coger unos huevos, cuando el estallido le sorprendió de lleno. «Yo tenía 4 años y no se me olvida. La llevaban, muerta, sobre una escalera. Las guerras crean rencores, piojos y miseria y aquí sabemos lo que decimos. ¿Cuándo van a parar estos? Este pueblo está muy castigado», aseguraba. A su lado, Javier Saenz de Buruaga asentía con la cabeza. «Mi padre sacaba cuerpos enteros de soldados cuando iba a la finca en la postguerra», añadía.
Ese mismo horror sintió Sergei Viteri ayer, después de que el bombazo de ETA le despertara. «Estaba dormido y los cristales de la habitación saltaron hasta mi cama. Eran las tres menos dos minutos. Bajé inmediatamente a la calle en calzoncillos porque pensé que procedía de una central de Telefónica cercana a mi casa». Tras el susto inicial el joven, de 20 años, decidió ir a la casa cuartel acompañado por su padre. «Conocemos a la familia que vive enfrente». La escena era propia del «caos» que reinaba en la zona. «Algunos camiones -recordó- estuvieron a punto de provocar un accidente. La Ertzaintza se puso a pararlos en la carretera porque alguno atravesó por el medio de la humareda que se había formado». De fondo se oían los gritos de un agente atrapado entre los escombros y de niños que lloraban sin que sus madres pudieran consolarlos.
Puertas desvencijadas
La onda expansiva fue caprichosa. Se cebó en los callejones del pueblo entre las calles Bekuri y Carmen, donde se desvencijaron puertas de garaje y se rompieron muchos más cristales de viviendas que en otros sitios. «Yo creí que era de la tormenta, porque en ese momento llovía con ganas», explicaba Dionisio Velasco, de 59 años. Y se volvió a acostar. No fue el único. Entre sueños, cada vecino relacionó el estruendo con cosas diferentes. A Juan Tiburcio, tres años menor que Velasco, le pareció el reventón de una rueda de camión.
Otros pensaron en una tragedia natural al notar cómo temblaban puertas y ventanas. «Creí que era un terremoto», se oyó decir a un hombre en un corrillo, «y mi hermana ni se ha enterado».
«La cama se movió a pesar de que mi vivienda está a más de 500 metros del cuartel», confesaba Carmen Pérez, del restaurante Esneitza, que pensó que el estruendo procedía de las obras del Tren de Alta Velocidad. Itxaso, una camarera, se imaginó que era la tormenta. María Jesús, una vecina, se dio «un susto mayúsculo» al ver cómo todos los cristales de su casa, salón, habitación, escalera y portal estallaron. «He ido a la oficina del Ayuntamiento a reclamar y me han dado unos papeles para rellenar», confesaba aún con la preocupación reflejada en el rostro.
Los animales domésticos anunciaron con su terror que aquello no era algo normal. «Mi gato no se asusta con la tormenta, pero se puso a temblar. Hasta que no he puesto la tele no he sabido lo que era», contaba Edurne López, de 32 años.
No todos los vecinos de Legutiano aceptaron como ella dar su nombre al contar su experiencia. «Eso es por el miedo que tenemos. Alguno estará celebrando lo ocurrido. Hoy no se expresa, pero los hay en todos los pueblos y todo el mundo lo sabe. Recuerdo al teniente coronel muerto en 1986, José Picatoste. Aquél era un hombre bueno muy apegado a este pueblo. ¡Qué fácil es matar! El más tonto lo hace», comentaba un comerciante que prefería el anonimato.
Los destrozos de la onda expansiva llegaron hasta la península de Zabalain, una de las zonas de expansión de este municipio alavés, con chalés de lujo y casas de campo. Lo pudo apreciar Alberto de Jesús, un portugués afincado en la villa desde hace 20 años, que decidió darse un paseo por la zona. «Da pena que se ataque una casa con niños y mujeres. No se entiende», aseguró.
Y es que hay cosas que no tienen explicación. «Están haciendo polvo el País Vasco». Angelines Ortiz de Arregui no podía evitar hacer gestos de reprobación al pensar en los etarras. Para ella, el atentado de ayer se sumaría a anteriores episodios terribles que son difíciles de olvidar en una villa muy castigada por la historia. «Que sepan que en este pueblo hubo una guerra», insistía esta jubilada. Algunos parecen no querer entender que la contienda acabó hace muchas décadas.