Era su primer servicio tras regresar de Málaga, donde había compartido una semana con su mujer, María Victoria, y su hijo de seis años. Tras meditarlo mucho, Juan Manuel -'Manolo'- Piñuel había decidido poco tiempo atrás poner tierra de por medio con su familia para ganarse a medio plazo el anhelado reencuentro con carácter definitivo. Un 'largo atajo' hacia la felicidad.
Apenas pudo estar destinado un mes y tres días en «el norte», ese nombre de punto cardinal que tantos miembros de las fuerzas de seguridad utilizan cuando se refieren al peligroso País Vasco. Piñuel solicitó el traslado voluntario desde el cuartel valenciano de Llombai -donde prestó seis años de servicio- con el fin de acumular los méritos que necesitaba para ganarse la vuelta a casa. En aplicación del reglamento interno de la Guardia Civil, un trienio en Euskadi bastaría para pedir destino en Málaga, el viejo sueño familiar.
Juan Manuel, 'Manolo', un melillense de 41 años, sentía que allí estaba su hogar. Y en Málaga le aguardaba su esposa hasta que, a las cinco de la madrugada de ayer, sonó el teléfono para transmitir un mensaje de muerte y desolación.
En medio de la noche, la peor de las pesadillas de la mujer se hizo realidad. Porque algo le decía a María Victoria que Juan Manuel no debía pedir el traslado voluntario al «norte». Intentó convencerle, sin éxito; él lo tenía muy claro: podría no ser agradable, pero era un paréntesis necesario, un peaje ineludible hacia un futuro prometedor. Hacia un mañana soñado que, como tantas otras veces, ETA quebró.
Juan Manuel llegó a Legutiano hace apenas cinco semanas, el pasado 11 de abril. Y entró allí con muy buen pie. «Estaba contentísimo. Nos contaba que era un sitio tranquilo y que los compañeros eran muy profesionales, gente formal», recordaban ayer sus suegros, rotos por el dolor.
El sexto de su promoción
La última víctima mortal de ETA nació en Melilla hace 41 años, pero no había regresado a la ciudad norteafricana desde 1975, cuando su padre, militar de profesión, fue destinado a la península. Definitivamente, la familia echó raíces en Málaga, donde, años más tarde, Juan Manuel inició la carrera de Derecho, que no terminó.
Tras trabajar como vigilante jurado, decidió ingresar en la Guardia Civil cuando estaba a punto de traspasar la edad límite para hacerlo, los 29 años. Su madurez y sus buenas aptitudes lo convirtieron en uno de los más brillantes alumnos de su promoción en la academia jienense de Baeza. Inició su proceso de formación como el sexto aspirante a guardia mejor calificado entre los 913 que superaron el concurso-oposición.
Pasó antes por Jaén, Cádiz y Zaragoza, pero Piñuel completó la mayor parte de su vida profesional en la casa cuartel de Llombai. Al contrario que en Legutiano, hasta allí sí le acompañaron su mujer y su hijo de corta edad. «Era un padrazo, joder», recordaba ayer ahogado por la indignación uno de los amigos que dejó para siempre allí. Amante de la música clásica, Juan Manuel quería contagiar a su hijo el placer que sentía al escuchar una buena partitura. «Si le llegaron a comprar un violín y todo».
También era un hombre reivindicativo, que, impulsado por su compromiso, se afilió a la Asociación Unificada de la Guardia Civil para aportar su granito de arena a la lucha por afianzar el respeto a los derechos de los agentes.
Durante su estancia en la comunidad valenciana, el guardia civil asesinado se mostró como una persona «muy educada, y bromista cuando había que serlo». Un tipo comedido que «no cuadraba con el perfil tópico del andaluz que anda contando chistes a todas horas».Y un buen deportista. Acudía con frecuencia al gimnasio y le gustaban las artes marciales, en especial la práctica del Ekido. Ese gusto por lo oriental marcaba también otra de sus grandes ilusiones, recorrer Tailandia en solitario, con una simple mochila al hombro.