Puede ser en sus fotos y vídeos, fruto de acciones irrepetibles, un ser andrógino en actitudes perturbadoras o una venus rodeada de barras de labios gigantes que reposa sobre el espejo mismo, como sometida al ojo público que preside la vida del ser humano moderno. Su fama, por ello, ha llegado a trascender el mundo mismo del arte contemporáneo.
Bilbaína de Uríbarri, licenciada por la UPV, Ana Laura Aláez (1964) es hoy una de las artistas vascas de mayor proyección internacional y está en un momento crucial. Desde hoy muestra en el Musac, de León, una obra muy distinta: una enorme construcción minimalista de formas fragmentadas y planos inclinados, con la que vuelve a sus orígenes de escultora. Las placas de sus paredes acaban como volando por el espacio en una fuga hacia un enorme lucernario. «Es una propuesta un tanto irónica, en cuanto a que el arte, para que exista, hay que expulsarlo de los estamentos del arte. Es como mi pequeño manifiesto», explica.
-¿Regresa a la escultura?
-Necesito volver al silencio. Se conoce de mí solo una parte de mi obra, quizá porque se vende más o llega más, y no estaba muy feliz por la manera en que la gente la entendía. Pero de eso no quiero hablar. Ahora quiero dejar de ser visible y hablar sólo del espacio y de la forma. Estoy en un momento como de ocultamiento y me expongo de una manera muy silenciosa.
-Con esta exposición reconecta con el constructivismo y las enseñanzas de Oteiza.
-Oteiza es una de las grandes figuras del arte. Y es un lujo haber tenido su influencia. También es cierto que cuando estudiaba Bellas Artes la situación de la escultura vasca me influyó mucho. Recuerdo la conferencia de Richard Serra en el Museo de Bellas Artes, junto con la exposición '5 arquitectos-5 escultores'. Entonces no había muchas oportunidades de enterarte de lo que pasaba en el arte.
-No sé si conoció personalmente a Oteiza; quizá su influencia le llega más bien por la generación intermedia de Txomin Badiola, Pello Irazu y otros...
-He conocido mucho la personalidad de Oteiza a través de Txomin. Además, en la facultad había profesores como Ángel Vados, que es una de las personas que más me han influido; un artista no reconocido como se debiera. Es alguien muy particular, que no hace concesiones. Es muy importante que los artistas se validen entre ellos, porque hoy vivimos sometidos a los comisarios, al mercado...
-Multidisciplinar, usa los recursos del diseño y la publicidad, como también los creativos publicitarios compiten con el arte en la representación de la vida, de las emociones...
-Sí, pero el arte no tiene que ver con la publicidad. Si recurro a esas disciplinas es algo que depende de cada proyecto. El arte se ha convertido en un espectáculo y yo estoy en contra, aunque yo misma haya contribuido a que sea así. Ya no me interesa, es algo descarnado (...) Es mejor hacer pocas cosas y más sentidas que estar visible y ser una especie de elemento de consumo.
-Ha mantenido un intensísimo diálogo con el público, a veces con imágenes fuertes, hasta tensionar el sentimiento de pudor del que mira, su atracción o su repulsión...
-Creo que es una parte de mi trabajo que no se ha percibido como a mí me hubiera gustado... Pero yo he hecho esas imágenes sólo por una ecuación muy sencilla: tienes una idea y sabes que tú eres la mejor persona para llevarla a cabo. Eres como una herramienta de trabajo. No es por engreimiento.
-Juana de Aizpuru la ha representado mucho tiempo... ¿Cómo es su experiencia con marchantes?
-El problema no es la relación que puedas tener con un determinado galerista. El problema eres tú y cómo te enfrentas al mundo y cómo te acaba por representar el mundo. Es muy difícil encontrar un equilibrio. Yo he tenido una experiencia maravillosa con la galería con la que he trabajado durante catorce años y me quedo con eso.
-¿Y ahora tiene otro galerista o se representa a sí misma?
-Ahora me represento a mí misma.
-¿Y cómo es su experiencia con museos y salas?
-Depende de cada lugar. Tengo una experiencia maravillosa con el Towada Art Center, en Towada, a una hora de Tokio. No se había acabado de construir y buscaban obras para su colección. Se me invitó, junto a otros, a presentar un proyecto. Pensé que no me iban a escoger, pero también que era bueno que gente tan distinta viera mi trabajo. El caso es que aceptaron encantados mi propuesta, incluso me dieron un espacio mejor. Me ha dado mucho 'subidón'.
-En cambio en Bilbao apenas tiene suerte. Participó en 2001, en el Bellas Artes, en una muestra de artistas vascos; su pieza -un tubo hexagonal transitable en el que confluían otros dos y que hablaba del encuentro entre distintos-, debía haberse quedado en la colección del centro...
-La pieza de Japón se basa justamente en aquélla. Pero yo no me quejo. Claro que me gustaría exponer en el país en el que he nacido, pero no me quejo. Las cosas llegan en su momento si es que tienen que llegar.
-Iluminó las Navidades de Bilbao en 2004 con proyecciones dominadas por el fucsia, en un proyecto para los comerciantes con la colaboración del Ayuntamiento.
-Fue un trabajo para un público muy general.
-El alcalde Azkuna, aleccionado por alguna protesta, llegó a decir que no era lo que más le había gustado de las Navidades.
-No gasto ni media neurona en esas cosas.