Así la llamaban en los patios de vecindad en aquellos tiempos del cuplé. Simplemente Sarita, Sarita Montiel, que era por entonces una manchega más celebrada que el hidalgo don Quijote. Esperaba la inigualable violetera a sus amantes exhalando humo en una 'chaise longue' cuando las mujeres de España no fumaban sentadas en los sofás de skay y aún los chicos pedían permiso para fumar un cigarro delante de su padre. Sarita triunfó. Consolidó su característico celtibérico papel de 'española fatal' pero decente a la vez, como al fin había que ser en unos años en que ir de 'femme fatal' resultaba fatal para las españolas. Retomó en un ambiente asfixiante los aires de personaje de pícara ingenua que provocaba picores en las butacas cantando 'La pulga sabia'. La flor silvestre de Campo de Criptana, María Antonia Abad, se aplicó en esbozar y pintar su autorretrato de racial belleza con puro en la boca sensual y mirada derretida. Fumando, fumando, a los 80 años anuncia gira.
'Nena', 'Mimosa', 'Es mi hombre', un abultado cancionero del chotis a la copla y al bolero y a 'Las hojas muertas' en francés. Cantante y actriz con profusa biografía y memorias, que puso una pica en Hollywood pero regresó para no salir ya de las páginas del corazón y las entrañas, que nos dan cuenta de una horda cada día más numerosa de las llamadas figuras públicas. Sarita, icono del travestismo de varietés, rica tarta en que mordisquear los cómicos en sus imitaciones y sátiras, es de las pocas estrellas nacionales famosas que deben de quedar en los archivos del Nodo y los magazines de mitad del siglo pasado. De labios de la propia Montiel se ha sabido que fue amiga fuerte de notables ilustrados del exilio en América y del extranjero y extranjeros hubo también que hicieron las américas a su sombra.
La octogenaria estrella cantará y ¡bailará! en sus anunciadas galas tras décadas a un habano pegada. Ahora, en que a un mito desaparecido como Bogart quieren borrarle el inseparable pitillo en sus viejas películas, es época que sin embargo facilita a Sarita susurrar en rellenados morritos su otrora célebre 'Tápame, tápame'. Aunque tapar las marcas de la edad no sirva mucho para entonar con la antigua energía su 'Habanera donostiarra'.