«Siempre pensé que, si él subía al País Vasco, a lo mejor nunca iba a volver». 'Él' es Juan Manuel Piñuel, el guardia civil asesinado por ETA en la madrugada del miércoles, cuando hizo explotar una furgoneta bomba contra la casa cuartel de Legutiano. El fatal presagio pertenece a su viuda, María Victoria Campos, que ayer rompió su silencio para agradecer los homenajes a su marido, llamar «cobardes que no dan la cara» a los terroristas y expresar su convicción de que «el pueblo vasco tiene la fuerza suficiente para repudiarles». Durante la entrevista, esta madre de un niño de 6 años, que se casó con 'Manolo' en 1999, regresa de vez en cuando al silencio. Cuando llora.
-¿Qué sentimiento le queda en estos momentos?
-Rabia, impotencia y dolor. Manolo no se lo merecía. Era una persona maravillosa. Por otra parte, la gente, con todo lo que ha pasado, me ha transmitido mucha fuerza.
-¿Le han reconfortado las muestras de apoyo ciudadano?
-Sí. Ha sido inmenso. No tengo palabras para describirlo. He sentido la fuerza y la dignidad de la gente. Otras personas que pasaron antes que yo por esto han venido a darme su apoyo, aunque eso supone que hayan tenido que revivir todo lo que les ocurrió antes. Eso es digno de alabanza.
-¿Qué sintió durante los funerales en Vitoria?
-Me sentí muy arropada por el pueblo vasco. La gente aplaudía por donde íbamos pasando. Lo hacían de verdad. Y, sobre todo, he sentido el calor del ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, que no se separó de mí ni un momento. Sentí un respeto grandísimo durante los funerales.
Un mal presentimiento
-Ha tenido la entereza de, apenas tres días después del atentado (por ayer), redactar un comunicado y llamar «basura» a los etarras. ¿Hay algo más que quisiera decirles a los asesinos?
-Que no se van a salir con la suya ni se congratularán con mi dolor. No lo van a conseguir. Son unos cobardes que no dan la cara, una minoría muy pequeña, y nosotros somos más que ellos. Su pueblo tiene la fuerza suficiente para repudiarles. Poco a poco, van a librarse del miedo para que todo el mundo les vea tal y como son: un pueblo digno. Me ha sorprendido mucho la dignidad y la fuerza de la gente allí.
-Usted no quería que su marido aceptara un destino en el País Vasco. ¿Sentía un presagio, tal vez?
-Yo no repudio al pueblo vasco. Al contrario. Ha sido alucinante. La gente desde la calle me gritaba: «¡Fuerza, mujer!». No es justo que, por culpa de unos cuantos, se ensucie la limpieza de un país. Pero yo sí tenía un mal presentimiento. Siempre pensé que allí podía ocurrirle algo y que, si subía, a lo mejor nunca iba a volver. Pero era la única forma de conseguir puntos para regresar a Málaga, al puesto que él quería, y decidió que lo mejor era marchar al País Vasco, que en tres años y medio podía estar en su tierra. Su sueño era que compráramos un piso. Él no tenía ilusión por ir, sino por volver. Me decía que hacía diez años que no pasaba nada en el País Vasco, que era muy tranquilo, que los mandos eran extraordinarios y los compañeros, excelentes. Y que el sitio era precioso.
-¿Usted lo había acompañado antes a todos los destinos?
-Sí, a todos menos a éste. Yo no quise subir, sobre todo, por nuestro hijo. Debíamos cambiarlo a mitad de curso. Estuvimos hablando para que, cuando le dieran las vacaciones al niño, me fuese a Legutiano un par de semanas, y si nos gustaba, matricularle para el siguiente curso. Ya habíamos hecho planes, pero desgraciadamente no los vamos a cumplir. Se subió para venir a Málaga, y ya no volverá más.
-Precisamente, usted se despidió de su marido aquí, en Málaga, el mismo día del atentado.
-Sí. Le acompañé a la estación, porque cogía el tren a las doce y nos despedimos. Llegó a las ocho y media a Vitoria. A las nueve estaba en el cuartel y a las diez se incorporaba a su puesto.
-¿Cómo recibió la noticia?
-El teléfono sonó a las cinco menos veinte de la madrugada. Yo lo utilizo como despertador, así que pensé que ya eran las siete y media. Entonces, una voz muy seria me preguntó: «¿Es usted la mujer de Juan Manuel Piñuel?» Di un bote en la cama y el corazón se me puso en un puño (no puede continuar).
-¿Entró en la Guardia Civil por vocación?
-Él estaba enamorado de su profesión, pero también le gustaba el Ejército porque su padre fue militar. Se adaptaba muy bien en todos los destinos. Era un encanto. Allí donde iba, todos los compañeros lo querían porque era muy bueno. Manolo era superinocente. Le gustaba ayudar a todo el mundo. Y se exponía muchísimo en su profesión, en cualquier momento, cuando daba el alto a un vehículo, o lo que sea. En su destino anterior, antes de marcharse al País Vasco, me dijo: «Tranquila, que aquello no va a ser más peligroso que esto».