Los centros de menores de Loiu, Orduña, Amorebieta y Arcentales fueron noticia en su día porque algunos de los chicos dieron problemas. Sería mejor para todos que no los dieran, pero si fueran ejemplares, si obtuvieran notas estupendas en urbanidad, no serían necesarios esos centros, situados en lugares concretos de nuestra geografía, cercanos a las casas de honrados ciudadanos que pagan sus impuestos y a quienes les gustaría elegir a sus vecinos. Esto no se contempla todavía, qué le vamos a hacer, en la lista de los derechos humanos.
Cada ciudadano lleva dentro de su conciencia un péndulo que se mueve entre el alocado anarquista y el conservador más reaccionario, un péndulo en general bastante acomodaticio. Todo el mundo se apunta con presteza a las ventajas y los derechos, y procura desviar los problemas hacia lugares lejanos. El conde de Romanones decía sentirse deseoso de la llegada del comunismo: entre lo que él ya tenía, y lo que le tocase en el reparto, juntaría una buena renta. Los informados vecinos de Laukiz, el municipio con la renta media más alta de Euskadi, pelean denodadamente para que la Diputación no instale, en un caserío de su propiedad, un centro de menores. Han puesto el asunto en manos de sus abogados. Sería un error convocar un referéndum, en Laukiz o en cualquier parte, e innecesario, porque es trivial el pronóstico del resultado, pero tal vez las cosas tampoco se deberían hacer casi a escondidas.
A las instituciones les toca, a veces, tomar decisiones impopulares. Están también para eso. Deberían explicar con naturalidad que esos chicos son menores con graves problemas de conducta, pero que no han cometido delitos ni faltas (en cuyo caso estarían en dependencias judiciales, no sociales). Los educadores que trabajan con ellos intentan precisamente que no lleguen a cometerlos. Saben que la gente dichosa no necesita autoridad alguna, pero a los adolescentes complicados les ayudan la adquisición de hábitos básicos, la tutela individualizada, las sesiones grupales en las que cada uno se pone en el lugar del otro, la ejemplaridad, el respeto, el afecto... Esos educadores sociales son nuevos Makarenkos, que escriben cada día un hermoso y difícil 'Poema pedagógico'. Puesto que la convivencia es mejor en pequeños pisos de acogida, convendrá repartir a los chicos por distintos lugares. Debería hacerse con justicia distributiva, desde los barrios obreros a las urbanizaciones exclusivas.