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Sociedad

LAS PEORES INUNDACIONES EN 25 AÑOS
Viaje a ninguna parte bajo un tremendo aguacero
Usuarios nocturnos de Metro Bilbao tardaron horas en regresar a casa

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Cientos de usuarios de Metro Bilbao vivieron una noche ahogados bajo un tremendo aguacero, sin cobijo alguno, sin apenas información oficial de lo que estaba sucediendo y sin alternativa para el desplazamiento.
Sábado noche; en realidad, madrugada del domingo. Rozan las tres de la mañana. Tribus de jóvenes, parejas trasnochadoras, solitarios y trabajadores. Empapados de agua por fuera. Algunos, también por dentro, fruto de las horas de trasiego de 'birras', 'txupitos' y copas en los garitos de la noche vizcaína. Las bocas del metro tragan poco a poco a toda esa jungla habitual de los fines de semana. Unos y otros se van acomodando en los bancos y rincones de cada estación a la espera de que su convoy les devuelva a casa tras el rigor de una noche brava.
Estación de Sarriko. Fuera llueve, intensamente, desde horas antes. Tanto, que algunos rememoran las inundaciones que asolaron Vizcaya en agosto de 1983. El metro no llega a su horario previsto. La gente espera en el andén de la línea de Margen Derecha. Caras cansadas, tipos durmiendo en posiciones imposibles, cuadrillas de chavales espantando a gritos el aguacero. Por fin, el tren asoma por el túnel. Según lo anunciado, va hacia Plentzia. Unos minutos más tarde, el coche aparece en Cruces, una de las estaciones de Margen Izquierda. Se diría que el metro se ha extraviado entre el entramado de pasadizos y vías. Pero no, el escaso personal de Metro Bilbao intenta convencer a decenas de personas de que se han equivocado de convoy.
El cabreo y el cansancio se acumulan en los cuerpos. El retraso en los horarios, también. Tras una nueva espera, el convoy regresa al nudo ferroviario de San Ignacio, donde se pone de nuevo a prueba la paciencia de los clientes. Y ya son más de las 4 de la mañana.
Espera incierta
Tras una espera incierta, se reanuda el trayecto, esta vez por la vía adecuada. Bilbao queda atrás; el hogar, más cerca. Pero el viaje concluye en la estación de Lutxana-Erandio. Tras varios minutos de 'impass', comunican por megafonía que «problemas ajenos a Metro Bilbao» impiden el funcionamiento de los trenes. Parece que algunos tramos de vías están inutilizados por el agua y por desprendimientos. Son más de las cinco de la mañana.
Metro Bilbao deja al pasaje en el andén, no dispone de alternativa para los centenares de usuarios que se amontonan en los convoyes y en las estaciones. Las urgencias derivadas de las horas y los 'tragos' se alivian en los rincones más insospechados.
Cada uno debe resolver su papeleta. Llamadas a familiares («papá, no te lo vas a creer, pero...»), a amigos («oye, tío, que a ver si pasas a recogerme...»), para que se dispongan a venir con coches. No hay taxis o circulan ocupados. Autobuses de línea, tampoco. Algunos salen a la carretera, junto al corte de la ría, por si algún automovilista se aviene al rescate. No es fácil. Es fin de semana, aún de noche, y la gente no se fía de alguien haciendo dedo, empapado y con cara de agotado. Una densa cortina de agua cae sobre una ría rebosante que acarrea velozmente maderas, plásticos y otros residuos hacia El Abra. Son más de las ocho de la mañana.
Por fin, un conductor de Getxo que acaba de recoger a su hijo en la estación para y me invita a su subir al coche. Un Volvo ranchera de color beige, muy confortable. Le explico lo ocurrido y casi le cuesta creerme. Uno mismo tampoco acaba de creerlo.
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