Desempolvando mis escasos recuerdos del lejano bachillerato, voy a evocar hoy al poeta Luis de Góngora, digno rival de Quevedo, máximo exponente del llamado culteranismo y autor del archifamoso poema titulado 'Ande yo caliente y ríase la gente'.
¿A qué viene esta rememoración literaria? Pues miren ustedes que se me ocurrió hace algunos días en el metro, porque en el viaje tuve que cambiar de asiento dos veces. Afortunadamente no estaba muy cansado y había asientos de sobra para poder eludir a los viajeros que practican ese axioma inventado por Góngora: «ande yo caliente y ríase la gente». O para ser mas exactos, «viaje yo tranquilamente y que se jorobe la gente».
Quiero hacer constar también que al calificar a estos viajeros de «tranquilos» lo hago utilizando la última frase de la acepción que el diccionario da a este adjetivo y que dice así: «Tranquilo.- ... que no se preocupa por quedar bien ante la opinión de los demás». Prosigo.
El primer cliente tranquilo me lo encontré al sentarme. Inmediatamente me di cuenta de que mi compañero de butaca, feliz y esparrancado, ocupaba casi el setenta por ciento del asiento doble. De nada sirvió que yo empujase discretamente, para no tener que viajar con parte del trasero en voladizo. Y como mi presión era insuficiente para comprimir su robusta anatomía, tuve que levantarme y buscar otro asiento más espacioso.
Tampoco allí pude viajar en paz porque otro viajero había convertido el metro en oficina y estaba hablando en alta voz, no a un teléfono móvil colocado en la oreja -que permite conversaciones más discretas-, sino a una especie de micrófono que sostenía en la mano. Y como su conversación -en realidad monólogo- era audible en seis metros a la redonda, tuve que volver a levantarme y buscar otro asiento en la lejanía para huir de semejante pelmazo.
Por fortuna, como digo, el tren iba con media entrada y pude encontrar al fin un asiento libre, adecuado a mi tamaño y en silencio. Y no vean ustedes lo que se agradece el silencio después de aguantar la tabarra de uno de estos «turrantes» telefónicos.