Antonio Naharro (Salvatierra de
Los Barros, Badajoz, 1941) es una gloria regional. Quiso el destino que recalara aquí, aunque venía de extensas sagas alfarera y 'arriera'. Pronto despuntó en el gremio. Empezó a coleccionar premios y le llegaron encargos potentes de Artespaña. No hay peregrino jacobeo o turista accidental que no se haya detenido en su alfarería, a mano de los ejes radiales. Una exposición abierta el miércoles en el Ayuntamiento de Logroño homenajea a este artesano y artista. Una recomendación: tómense su tiempo.
-Parece que no es fácil el relevo generacional en la alfarería.
-Tengo la suerte de tener a mi hijo. Hay algún ceramista joven, pero eso no tiene nada que ver con la alfarería tradicional.
-¿Es fundamental la renovación creativa, por aquello de que mudan los tiempos y cambian los gustos?
-Es lo que he hecho toda mi vida. Si he sobrevivido es porque me he adaptado a las necesidades. El alfarero que ha tenido que cerrar era el que hacía botijos y se le metía en la cabeza que tenía que seguir haciendo botijos. Éstos ya no se venden y hay que irse a una cerámica de decoración. Vendo hoy la alfarería tradicional para la decoración.
-Destaca su recuperación de piezas antiguas, como los cántaros.
-Llevo 40 años en ello y he logrado una colección muy importante de 800 a mil piezas con las que quiero montar un museo. De hecho, ya he comprado la casa.
-Trabaja con las manos. Se puede aprender, pero hay que tener un don, una capacidad innata.
-Se aprende, lo que pasa es que hay mucha diferencia de unos alfareros a otros. Se tiene sensibilidad o no se tiene. En mi caso, he estado muy preocupado por esa sensibilidad, y de que no se pierda lo que había, porque nosotros no lo podemos mejorar.
-No hay más que remontarse a la época romana.
-Y a lo que nos dejaron los judíos, los árabes, aquí, en La Rioja. No lo hemos podido mejorar.
-¿Le aconseja a la hora de los diseños su mujer?
-Ella era la que, sin saber, decoraba. Ahora, por fortuna, esa labor también la hace el hijo.
-¿Habrá algún peregrino que no haya entrado a su taller?
-Se llevan un 'peregrinito' porque no pueden llevar otra cosa. Algunos vuelven a los cuatro o cinco meses, se presentan allí con el coche, el hijo, la mujer...
Culto al trabajo
-¿Cómo es un día cualquiera para Antonio Naharro?
-Trabajo desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Y así toda mi vida, desde que tenía 14 años.
-La asociación profesional que se formó se fue al garete. Una pena.
-Estábamos muy unidos y teníamos personajes que nos apoyaban, como el profesor José Luis Sampedro y gente de esa talla. Sampedro es la persona que más me ha impresionado en mi vida. Por mi alfarería han pasado políticos, toreros, obispos, de todo. Pero ese hombre me ha impresionado más que ningún otro.
-Debe marcar ser nacido en Villanueva... de Los Barros.
-No lo sé, pero en mi pueblo ha habido hasta 50 alfarerías. Ahora hay menos porque hacen alfarería de uso y ésta en ciertas cosas ha desaparecido. Hay algún joven que se está yendo a la decoración. Es muy difícil mantener 50 alfarerías haciendo botijos.
-¿Dónde compra el barro?
-Gasto de Navarrete, Zamora y Esparraguera. Soy un enamorado de la arcilla en la base. El alfarero que no respete la arcilla fracasa, porque es la base de todo. No valen todas las arcillas para los mismos esmaltes. Cada uno requiere un tipo de arcilla. No la hay más fuerte y más dura que la de La Rioja para cosas de uso como tinajas, barreños, cosas fuertes.
-Tener un cliente como Artespaña tuvo que ser una bendición. ¿Imponía el diseño?
-No. A mí me llevaron unas piezas y me dijeron: «Queremos que reproduzcas esto». Cogí las piezas, las reproduje, indagué y fui ampliando, de modo que lo que me trajo Artespaña no era ni el 10% de lo inicial.
-¿El mejor mercado exterior?
-Envío a Francia el 50% de mi producción, todo para uso en cocinas. Tiene poca alfarería y la que hay está mecanizada. Quieren todo de mano, por eso han venido a mí. No les puedo hacer nada de máquina, no lo aceptan. El precio parece que no les preocupa demasiado pero, eso sí, que sea de mano, que esté bien.