Un albérchigo. A Iñaki Valencia, de 48 años, sólo le había dado tiempo a comerse un albérchigo en toda la madrugada. Llevaba trabajando sin parar cinco horas y media entre el tumulto mecánico de las rotativas cuando la bomba reventó bajo sus pies. Vestido con el pantalón y el chaleco azul, común entre los trabajadores de Artes Gráficas, Iñaki Valencia se encontró rodeado de humo blanco, polvo y gritos. La solidaridad, como esos visitantes que llegan sin avisar, suele aparecer cuando uno menos lo espera. Iñaki echó a correr en busca de sus compañeros de las máquinas 4 y 5, orientándose entre la polvareda y con la garganta agarrotada por el aroma acre del explosivo. «Pensé que alguno podía estar herido», recuerda antes de reincorporarse a una nueva madrugada entre las rotativas.
En esa zona, que en EL CORREO se conoce como F-4 y F-5, trabajan de continuo cinco obreros. Cinco encargados de que la impresión del diario vaya sobre ruedas. Álvaro, Mónica, Iñaki, Roberto, Álex... «Olía raro, a quemado, a pólvora o a algún explosivo. Un humo blanco lo llenó todo en un instante y yo salí a buscar a mis compañeros», repite Iñaki. «¿Qué ha 'pasao', qué ha 'pasao'?», gritaban. Los cinco estaban desperdigados. La rotativa acababa de romper el papel y tres de ellos estaban reparando y preparando la bobina. Cegados, entre los brillos naranjas y rojos de las alarmas, los cinco se llamaban. Unos a otros. Sin verse. «Empecé a escuchar a Álvaro, que es un chico alto, que ha jugado a baloncesto y tiene una voz enorme. '¿Dónde estáis?', nos decía».
Fragmentos del hormigón de la estructura habían salido volando como auténticos proyectiles, perforándolo todo a su paso. Pero Iñaki no lo supo hasta anoche, cuando recorrió con pasos lentos la escena del atentado. Al primero que encontró fue a Roberto Gallego, en la cabina. Lo recuerda con la «cara desencajada, el pelo blanco, los ojos rojos...», como un minero atrapado a ciegas en una galería. Y como los mineros, los camaradas se animaban unos a otros.
-«¡Venga. Vamos. Salid, salid!»
-«¡¡¡Fuera, fuera!!!!, decían con grandes voces.
Las bobinas, gigantescos y macizos rollos de papel de 1.500 kilos de peso, con los sellos de Papresa Standard, StoraEnso, V. Bright blanc, habían logrado detener en parte la onda expansiva y aparecían desperdigadas en el suelo, sin orden ni concierto. Ellos, los cinco, tropezaban entre ellas, los pies hundidos entre los cascotes.
Sonaban alarmas y restallaban las luces de emergencia. Fuera, en los otros pabellones, el resto de la plantilla vivía con angustia la suerte de sus compañeros. Nadie daba un paso atrás, las miradas puestas en la nave siniestrada. «Ninguno sabíamos qué había pasado. En un primer momento pensé que había saltado un cilindro y que el humo era vapor de agua. Poco a poco nos fuimos encontrando en el punto de reunión, en la entrada a los pabellones», resume otro empleado de la rotativa.
Abrazos de compañero
Álex, Álvaro, Iñaki, Roberto y Mónica se abrazaron, entre lágrimas. «Llorábamos de emoción, por encontrarnos», dice Iñaki. «Estábamos todos blancos, con los ojos llorosos y la tez... Fue emocionante. Los demás compañeros nos cogían por el hombro, nos abrazaban y nos daban ánimos... Pero nosotros cinco lo sentíamos de una forma especial», apunta.
Allí, en los corros formados al relente, los obreros de EL CORREO se abrazaban. «Han venido contra nosotros como van contra cualquier voz crítica. Tratan de callar a todos los que no pensamos como ellos. Pero no lo lograrán», airea Valencia que ha vivido entre planchas y tintas desde los 15 años, cuando era un pequeño aprendiz.
Txomin Martín, veterano de EL CORREO desde 1977 y actual jefe de la rotativa, ordenó contar al medio centenar de trabajadores que se apiñaba entre camiones, bajo las faroles del polígono Torrelarragoiti. No faltaba nadie. Ayer., Martín recordaba cómo notó tambalearse la estructura del edificio, algo que atribuyó, como ha sucedido otras veces, a la caída de una bobina de la carretilla de transporte. «Luego nos llegó la bocanada de humo y la sensación de ahogo». Txomin corrió hacia la entrada de la nave, se metió en la boca del lobo para sacar a sus hombres. «Bajé las escaleras, tropecé entre los cascotes y ví un boquete en la noche. Les ví desorientados y les grité. '¡Fuera, fuera! ¡Salid de ahí!' Grité sus nombres uno por uno y les mandé que se fueran hacia la portería. Roberto Gallego era el que estaba más aturdido, el que sintió la onda expansiva más de cerca: estaba repartiendo planchas y la explosión lo lanzó al suelo».
Txomin Martín cabecea. Piensa en Álvaro Arribas. «Medio minuto antes había bajado a lavarse las manos en un fregadero que tenemos allí y que ha saltado por los aires...»
«Todos adelante»
Los simulacros de evacuación sirvieron de algo y todos se reunieron en el punto de encuentro. Los que pelaban bobinas, los que las preparaban para la larga noche del sábado, cuando más diarios se tiran. Como una piña, reunidos bajo el frío de la noche, los trabajadores de EL CORREO aguardaron la llegada de los Bomberos y de la Ertzaintza... Pasaron dos horas al raso. Luego volvieron a trabajar.
«Volvimos a que nos dejaran sacar los periódicos ya tirados», dice Txomin Martín. Tras levantarse el cordón policial llegaron los servicios de limpieza. «Y esta noche, a trabajar de nuevo. Iré antes... He hablado con los más afectados, con sus madres, con sus mujeres... Todos quieren seguir adelante. -dice el jefe de la rotativa-No nos van a joder».