«Ocupados continuamente en la navegación, agricultura y demás ramos de la industria, tienen las virtudes que no pueden hallarse en la ociosidad y riqueza adquirida sin trabajo; son, pues, honrados, esforzados, alegres y corteses sin bajeza, y muy dóciles cuando se les trata bien; pero llevados a mal son duros e inflexibles». Así de claro describió el navarro Pascual Madoz a los bilbaínos en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España (1845-1850). A juicio de aquel insigne liberal español, las gentes de Bilbao no tenían dobleces. Eran contundentes en el carácter, tanto para bien como para mal.
Hasta las mujeres eran peculiares y llamativas puesto que en su aspecto se presentaban «en estremo robustas, ayudan á los hombres en los trabajos más penosos, particularmente en la capital, donde casi ellas solas cargan y descargan las mercaderías». ¿Exagerado? Posiblemente no, porque si en algo destacaban los bilbaínos de mediados del siglo XIX, esos que conoció Madoz, era en su casi obsesiva entrega a la actividad laboral, a los negocios prósperos y, en general, a todas aquellas cuestiones que, de un modo u otro, les aportaran pingües beneficios al mismo tiempo que les sirvieran para destacar con respecto al resto de la provincia.
Tres plazuelas
Aquel Bilbao de 1845 era pequeño. Según el censo de 1827, entre el casco urbano y los arrabales, el número de casas no pasaba de las 900, distribuidas en 36 calles correctamente empedradas, aseadas y bien diseñadas. Las casas situadas en la parte más moderna de la Villa, es decir, la formada por la Estufa, Arenal, Correo y Santa María, destacaban por sus hermosas fachadas, todas ellas de piedra sillar. Era la zona noble de Bilbao en la que se daban cita las mejores y más dignas familias. El punto neurálgico era la Plaza Vieja, lugar en el que se hallaban las Casas Consistoriales, aunque ya estaba en marcha la construcción de la Plaza de Fernando VII que con el tiempo habría de conocerse como Plaza Nueva. Existían además tres plazuelas: la de San Nicolás, donde estaba la nueva Aduana; la de Santiago y la de los Santos Juanes, que era el punto desde el que partían todos los caminos reales, excepto los que iban a Balmaseda y a Sopuerta.
Los dos principales centros de beneficencia de la época eran la Casa de Expósitos y la Casa de Misericordia. La primera, fundada gracias a la Real Orden de 2 de septiembre de 1806, dependía de la Diputación. Por su parte, la Casa de Misericordia, albergue en el que se acogía a todos los pobres de la población mayores de siete años, ocupaba el antiguo colegio de jesuitas de San Andrés situado junto a la iglesia de los Santos Juanes. Muy cerca de allí se hallaba el Hospital Civil, «sin disputa el primero de los establecimientos de beneficencia de esta Villa, quizá el mejor de España en su clase, y por su belleza, capacidad y administración, muy digno de ser comparado con los de iguales proporciones, y que más renombre gozan en el extranjero». Este hospital, inaugurado en 1835, estaba situado entre la Plazuela de los Santos Juanes y Atxuri. Su construcción se financió gracias a las aportaciones desinteresadas de los bilbaínos.
Frente al paseo del Arenal, junto al muelle de carga y descarga, estaba el teatro que fue construido gracias al dinero aportado por una sociedad de gentes con posibles que se gastaron la friolera de 40.000 duros. El edificio no tenía nada de particular. Una sosez arquitectónica de la que, si habría que resaltar algo, eso sería su fachada compuesta de cuatro columnas jónicas. Aunque, bien mirado, ni siquiera eso le otorgaba elegancia. «El escenario, las localidades y todo el interior son mezquinos y no muy conformes á las buenas reglas del arte».
Escuela de Náutica
No se olvidó Madoz de la labor educativa que se desarrollaba en Bilbao. La Villa contaba con dos escuelas de primeras letras, a las que asistían 144 niños; una de niñas, con 34 alumnas; una de párvulos, situada en Iturribide, en la que se enseñaba a 130 niños de ambos sexos y una cátedra de latinidad, en la que se daban cita 50 alumnos. También existía una Escuela de Náutica, donde estudiaban de 10 a 12 jóvenes. Pero sin duda alguna la iniciativa más importante en el terreno educativo fue el Colegio General de Vizcaya, ubicado en el edificio del antiguo Convento de la Cruz y que en 1845 aún no estaba terminado. El proyecto de este centro de enseñanza superior ambicionaba a convertirse en uno de los mejores de España. Su capacidad era generosa ya que podía albergar hasta 150 internos y un número mayor de externos.
En 1845, Bilbao contaba con cuatro parroquias. La más antigua era la de Santiago, que ya existía antes de fundarse la Villa en 1300. En 1404, se acometieron importantes obras de mejora que dieron como resultado un templo amplio y elegante. En 1819, gracias a las gestiones realizadas por el Cardenal Gardoqui en Roma ante el Papa Pío VII, la iglesia de Santiago fue elevada al rango de Basílica. La segunda parroquia, por antigüedad, era la de San Antonio Abad, comenzada en el siglo XIV. Menos agraciada fue la de los Santos Juanes que tenía un aspecto interior desagradable «por el pésimo gusto de sus adornos». La cuarta parroquia fue la de San Nicolás. Levantada en 1576, se aprovechó el mismo lugar en el que se hallaba una ermita de igual nombre. «Es de buenas proporciones y agradable aspecto; pero la fachada es de malísimo gusto y peor vista».