Nigel Lawson desarrolla en 'Llamamiento a la razón' un argumento que comienza subrayando la falta de certeza en el calentamiento del planeta o en la decisiva influencia de las emisiones de CO2. La temperatura media global no varió en las dos primeras décadas del siglo XX, creció 0,4 grados de 1920 a 1940, descendió 0,2 de 1940 a 1975, subió 0,5 entre 1975 y 2000 y ya no ha variado.
Tras suponer que va a subir a partir de ahora, el IPCC proyecta las consecuencias en la economía mundial para todo un siglo, el XXI. Vaticina una subida de entre 1,8 y 4 grados con respecto a la media de entre 1980 y 1999, lo que supone, en su valor medio, un aumento anual de 0,3 grados. Entre 1975 y 2000, la media anual subió 0,02 grados y, dice Lawson, «el mundo fue bastante bien».
Con el máximo aumento, se proyecta una pérdida de entre el 1% y el 5% del PIB mundial. Lawson adopta supuestos extremos para analizar las consecuencias de una pérdida del 10% del PIB en los países en desarrollo y del 3% en los países desarrollados.
Eso significaría un crecimiento anual del 2,3% en los países en desarrollo y del 1% en los desarrollados. Es decir, que los habitantes del planeta, adoptando proyecciones también extremas de aumento de la población, vivirían 2,6 veces mejor que los de hoy en los países desarrollados y 8,5 veces en los que están en desarrollo.
La alarma sobre catástrofe económica no se sostiene. Tras describir las incoherencias alentadas, entre otros, por Al Gore, sobre otras catástrofes que se asocian al calentamiento, Lawson describe como absurdas las políticas encaminadas a resolver el supuesto problema. De los signatarios del protocolo de Kyoto, sólo Rusia ha cumplido con sus reducciones cuando ya se cumplen dos tercios del calendario hasta 2012, y eso por la drástica reducción de su sector de defensa.
Se puede considerar ya un fracaso el objetivo de la UE de reducir un 20% de emisiones sobre la cifra de 1990 para 2020. Pero ya se establecen otros, por ejemplo, que el 20% del suministro sea de energía renovable. A Reino Unido le costaría entre 23.000 y 28.000 millones de euros sólo en aumentos del coste de la electricidad.
Sólo reduciendo el 70% de las emisiones se podría estabilizar la concentración de CO2 en 2050. Lawson estima que costaría entre el 1% y el 5% del PIB anual. Afirma que no es ético imponer tal coste a las generaciones actuales para evitar riesgos inciertos de generaciones futuras.
Concluye que la pérdida de fe tradicional, ritualizada separadamente en domingo, puede haber causado una dispersión de la irracionalidad.