Entrando la tarde del viernes al recinto del tercer Bilbao BBK Live nos topamos con Andrés, un periodista de la competencia regional, que nos preguntó: «¿Venís a los Raveonettes? Buena elección, son lo mejor del día». Descarado, y eso que los daneses hubieron de lidiar con los peores condicionantes de actuar en un gran festival: tocaron muy temprano, bajo un ineludible y despiadado sol que si no lo aguantarían los australianos Scientists imagínense a unos escandinavos de tez pálida como ellos. Actuaron ante bastante poca gente, pues el gran público decidió subir después a Cobetas para ver sobre todo a Police, los grandes reclamos de un cartel muy descompensado en esta jornada inaugural, con un gran vacío entre los cabezas de cartel y los restantes componentes de la plancha.
Con todo, soportando un calor bestial, comparable al que sufren los aficionados madrileños en el Festival Rock in Río, The Raveonettes se metieron al público en el bolsillo con su pastiche postmodernista aunque retroanclado, un pastiche al que a la postre son capaces de conferir personalidad y un alma evanescente que arrastra la chatarra cibernética del momento actual hasta las ensoñaciones de carreteras perdidas que conducen a los años dorados del rockabilly. Sí, los Raveonettes son una suerte de híbrido entre la narcolepsia opiácea de Galaxy 500 y el psychobilly más retardado (de velocidad, ¿eh?).
Nostálgica melancolía
En formato cuarteto mixto, los daneses usaron dos guitarras que abrasaban como Jesus & Mary Chain, o el Black Rebel Motorcycle Club, o un Link Wray que desde el surf sucio sideral alcanzara el universo post rock de Explosions In The Sky.
Ese es el gancho de los escandinavos: lograr que las raíces yanquis suenen contemporáneas, plagiar a los Everly Brothers y sonar de película... de David Lynch, cantar con nostálgica melancolía en plan Ronettes o los Redd Kross más 'bubble gum' y parecer que inventan la rueda, mientras el batería marca el ritmo entre la Velvet Underground más lanzada y unos Cramps de tambores tribales, un kit de batería con caja y timbala y reforzado por una caja de ritmos y un bajo enlatado que aportan a su oferta esa etiqueta supermoderna, a pesar de que no lo sean.
Y es que los Raveonettes en el fondo de su alma, que la tienen, son unos clásicos, y si en vez de actuar bajo sol vespertino lo hacen mecidos por la luz nocturna artificial, aún estaríamos flotando.