María Esteban Sánchez tiene 74 años y hasta hace dos nunca había arrancado un ordenador. Ahora, digitaliza fotos de su infancia y envía a su nieta de Madrid canciones de su pueblo que ha pasado a formato MP3. María vive en Hinojosa de Duero, un pueblo de 744 habitantes construido sobre una colina coronada por una espléndida iglesia románica, a tiro de piedra de la frontera de Portugal y a más de 100 kilómetros de Salamanca. El suyo no es un caso aislado: desde el verano de 2005, miles de vecinos de 34 pueblos situados junto a la frontera entre los dos países comenzaron a acercarse a los centros Codel (Centros de Cooperación al Desarrollo Local), abiertos por las fundaciones Encuentro e Iberdrola como parte de un ambicioso programa de divulgación de las nuevas tecnologías en el ámbito rural. Un programa único en España por su dimensión, que trata de sacar del aislamiento a una comarca envejecida (en muchos pueblos de la zona casi la mitad de sus habitantes supera la edad de la jubilación) y abocada a convertirse en un desierto demográfico. Aquellas personas de manos endurecidas por el trabajo, que temían romper los teclados, hoy manejan con soltura programas como 'Excel', 'PowerPoint' y 'Photoshop', navegan por Internet con la facilidad de un adolescente urbano y usan el correo electrónico y la videoconferencia como si lo hubieran estado haciendo toda su vida.
El programa de centros Codel es la parte más visible del Proyecto Raya del Duero, cuya coordinación asume la Fundación Encuentro. Fue su presidente, José María Martín Patino, quien tuvo la idea de utilizar las nuevas tecnologías para sacar al mundo rural de su postración. La comarca elegida para poner en marcha el programa dispone de uno de los complejos hidroeléctricos más importantes de Europa, pero, en cambio, corre el peligro de quedar despoblada. En muchos kilómetros a partir de esa gigantesca brecha en la roca que es los Arribes del Duero, apenas hay un puñado de pueblos de dimensión mínima, que viven de la ganadería, la construcción y la escasa agricultura que permite un terreno rocoso y abrupto.
IMAGINACIÓN Y MEDIOS
LUMBRALES
Martín Patino nació en Lumbrales y allí la Fundación Encuentro ha demostrado que los programas tienen éxito no tanto por los medios que se ponen a su disposición como por un diseño adecuado a las necesidades. En este pueblo salmantino, de calles anchas transitadas por un inusitado número de vehículos matriculados en el País Vasco, la Junta de Castilla y León instaló en 2001 un centro dotado con 11 ordenadores y una conexión a Internet vía satélite. La experiencia formaba parte de un plan que se extendió a 120 localidades a lo largo de la comunidad autónoma. Se impartieron algunos cursos de iniciación y cuando terminó el programa la mayoría de los locales se cerraron. Aquí paz y después gloria.
Entonces llegó la Fundación Encuentro, y los centros de dos pueblos, Lumbrales y Villarino, tuvieron una segunda oportunidad. En una primera fase, otras 25 localidades se sumaron a la experiencia, y meses después siete más. Todas se encuentran junto a la frontera, en las provincias de Zamora y Salamanca. Para evitar que los cambios políticos influyeran en el devenir del programa, ofrecieron la presidencia de la entidad a las fundaciones Encuentro e Iberdrola. Ambas realizan una inversión anual de medio millón de euros, a lo que hay que sumar las aportaciones de empresas privadas, como HP e IBM, así como las administraciones central y autonómica. Sin embargo, como explica Agustín Blanco, secretario de la Fundación Encuentro, la filosofía que subyace en el programa es que sea la propia asociación de municipios la que lo desarrolle. La Fundación Encuentro debería reservarse una función subsidiaria.
Por muchas razones, Lumbrales es visita obligada cuando se quiere comprobar cómo es posible conseguir en pueblos remotos y mal comunicados que las nuevas tecnologías arraiguen con más éxito que en entornos urbanos. Primero, porque la experiencia recogía los frutos, no demasiado vistosos, de un plan anterior. Segundo, porque con sus casi 2.000 habitantes es uno de los pueblos 'grandes' del programa y de ello presume con su instituto, dos residencias de ancianos, una unidad veterinaria y un centro de salud.
Sin embargo, pese al carácter más abierto y dinámico del pueblo, las cosas no fueron fáciles. «Al principio, costó mucho atraer a la gente. Los hombres, sobre todo, temían romper los teclados», recuerda Isabel Ribó, responsable del centro. Dinamizadora, en el lenguaje de la Fundación Encuentro. La clave para llevar a la gente hasta el aula, situada en la primera planta del edificio del antiguo instituto, fue desarrollar programas que no dieran sólo un conocimiento teórico, sino que también tuvieran una utilidad. Los resultados son inmejorables: siete de cada diez mujeres han seguido cursos y continúan acudiendo regularmente al centro para actividades diversas. Las madres jóvenes usan sus horas libres para adquirir información con la que ayudar a sus hijos pequeños en la tarea escolar; los mayores rastrean sus orígenes; muchos hacen compras o buscan la ruta más adecuada para sus vacaciones o la excursión del fin de semana.
INCORPORAR A LOS MAYORES
HINOJOSA DE DUERO
Unos pocos kilómetros más allá, atravesando suaves desniveles en los que los bloques de roca emergen entre la hierba, grises y redondeados como enormes huevos prehistóricos, el centro Codel de Hinojosa del Duero ha logrado revolucionar a los jóvenes y a los mayores. Y hay muchos mayores: uno de cada tres habitantes del pueblo tiene más de 70 años. Diecinueve de sus 744 vecinos superan los 90. A primera vista, parecería que intentar familiarizar a un pueblo así con las nuevas tecnologías estaba condenado al fracaso, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, durante el último año, María Isabel Hernández, la dinamizadora, ha impartido 29 cursos a casi un centenar de personas de todas las edades.
De lo que se siente más orgullosa es de lo logrado con los mayores. Un ejemplo: 25 ancianos han trabajado en los últimos meses en su 'libro de la memoria'. «Se trataba de que buscaran viejas fotografías que recogieran momentos especiales de su vida o la del pueblo, las digitalizaran, añadieran comentarios explicando lo que era cada cosa y quién aparecía en ellas, e hicieran presentaciones en 'PowerPoint'». Un verdadero milagro: hasta el párroco participó en el curso y el pueblo ha rescatado su historia y la de sus habitantes. Y lo que es más llamativo: hoy es el día en que un puñado de septuagenarios y octogenarios maneja el 'Photoshop' y el correo electrónico con la naturalidad con la que otros muchos de su edad -y ellos mismos- juegan al tute en el bar del pueblo. Ahora están aprendiendo a pasar viejas cintas de casete a formato MP3 y en septiembre se iniciarán en el montaje de vídeos digitales. «Costará más o menos, pero todo es voluntad. Y finalmente se aprende», dice con convicción María Esteban, que conecta a diario con su hija y su nieta a través del correo electrónico.
Si esa es la actitud de los mayores, no extraña que durante las horas de acceso libre (cuando no hay cursillos) y en el verano los niños se adueñen del local. Todos los miércoles, de septiembre a junio, hay una hora y media reservada de forma exclusiva a los más pequeños, para que puedan preparar sus trabajos. Dos docenas de niños y adolescentes han seguido cursos de forma regular durante los últimos meses. La modernidad no entiende de parajes remotos.
COMUNICADOS CON EL MUNDO
MONLERAS
La misma modernidad se observa en Monleras, un pueblo muy pequeño (261 habitantes), situado a unos centenares de metros del embalse de Almendra, que ya antes de que se abriera el centro Codel había dado inusuales muestras de dinamismo. Sin ir más lejos, entre todos los vecinos, a lo largo de muchos meses, acarrearon piedras de puentes y viejas alcantarillas, para hacer un precioso anfiteatro entre el costado de la iglesia y la parte trasera del frontón de pared única tan característico de los pueblos castellanos. Y, en ese escenario, todos los veranos hacen funciones de teatro, en muchos casos con los vecinos como actores. Ya van por la 13ª edición de la muestra de teatro de Monleras y el pueblo ha sido incluido en la red de circuitos escénicos de Castilla-León.
Teresa del Arco, 69 años; Justa García, 67; y Genoveva Fuentes, 62, explican lo que ha supuesto para ellas el centro Codel. Las tres nacieron en Monleras, pero han pasado fuera gran parte de su vida: Teresa, en Madrid; Justa, en Barcelona; y Genoveva, en Salamanca. Al jubilarse, volvieron a su pueblo y paradójicamente se acercaron más al mundo. Teresa, buena mecanógrafa, hace documentos de todo tipo, maneja el correo electrónico y consulta webs de información turística cada vez que sale de excursión. Justa se mantiene en contacto permanente con su hija, que vive en Barcelona. Y Genoveva, con una hija en Madrid, un hijo en Barcelona y una hermana en Argentina, ha comprobado que es posible comunicarse con mucha más frecuencia con todos ellos e intercambiar fotografías y documentos.
Ascensión González, la dinamizadora del centro, explica que también los jóvenes -y no sólo los ancianos y los niños- acuden al centro, ya sea para buscar materiales relacionados con su formación (la farmacéutica fue una asidua mientras elaboraba su tesina, y casi todos realizan los test del examen de conducir en el centro) ya para actividades más lúdicas. Y eso crecerá en el futuro, porque en septiembre pondrán en marcha varios blogs.
EL VALOR DE LA PROXIMIDAD
FERMOSELLE
Hay una tónica común en todos los pueblos del programa: el entusiasmo con que lo han acogido, hasta el punto de que no conciben ya que un día pueda finalizar. Una de las claves del éxito, además de la adecuación de los cursos a las necesidades de los usuarios, es la cercanía de los dinamizadores, que en todos los casos residen en el pueblo o muy cerca. Son en total 14 y quienes trabajan en los municipios más pequeños tienen varios a su cargo. Pero esa proximidad es la clave. Lo reiteran Sara Garrido, Antonio García de la Torre y Mercedes Benet, tres de los visitantes más asiduos del centro de Fermoselle, un pueblo zamorano de algo menos de 2.000 habitantes, que durante una quincena de agosto -con el regreso de los emigrantes y sus hijos, instalados sobre todo en Euskadi- multiplica su población por diez y llena de ruido y vida sus hermosas casas de piedra, abandonadas durante 350 días al año.
Mercedes, Antonio y Sara sostienen que el centro ha dado vida al pueblo. «En las tardes de invierno, los únicos sitios donde se ve gente es en los bares y aquí», aseguran con una sonrisa. Para Mercedes, una valenciana hija de belga que reside en el pueblo de su marido, el centro ha sido un verdadero acicate para «obligarnos a salir de casa, adquirir cultura, charlar y tener más contactos». Ella, que hace tres años no sabía arrancar un ordenador, conversa con frecuencia por videoconferencia con su hija. Sara hace lo mismo con sus cuñados, que viven en Suiza, y su marido, Antonio, lleva las cuentas de la asociación de jubilados sin moverse del ordenador, gracias a la banca electrónica. La familiaridad conseguida es tal que Manuel Moya, el dinamizador, los ha sorprendido alguna vez conversando sobre los problemas que genera el 'Windows Vista'.
Si esos problemas no son de fácil solución, el dinamizador está siempre allí. «Como vivimos en el pueblo, no tenemos horario. Es normal que estemos por la calle, tomando algo o dando un paseo, y nos paren para plantearnos cualquier duda o pedir si les podemos abrir unos minutos el centro, aunque sea fuera de hora, para poder hacer algo». Moya comenta que la filosofía del programa Raya del Duero es esa: la de la proximidad a los usuarios, que explica también cómo desaparecieron los recelos de los habitantes de los pueblos (mayores, muchas veces resignados a dejar pasar el tiempo) a acudir a los cursos. Los dinamizadores son familia más o menos próxima o amigos de todo el pueblo. No es lo mismo que si llegaran de fuera, sin conocer a nadie, y al finalizar el horario volvieran a sus casas.
La experiencia ha creado un verdadero oasis de modernidad en una comarca a la que la orografía y la distancia física a los centros de decisión había condenado al abandono. Debería ser sólo el principio de un plan mucho más ambicioso porque, como asegura Agustín Blanco, las tecnologías permiten localizar allí actividades que antes sólo eran concebibles en una gran población. Además, esas mismas tecnologías tienen mucho más valor añadido en esos pueblos que en el centro de una gran ciudad. Disponer de banca electrónica para quien tiene una oficina debajo de su casa no es una gran ventaja. Pero es un adelanto innegable para quien tenía que recorrer 30 ó 40 kilómetros. para hacer una gestión. Y hay otros muchos ejemplos. Las distancias ya no sólo se superan construyendo carreteras o vías férreas. De eso es muy consciente María Esteban cada vez que abre su correo electrónico.