La espuria combinación de nacionalismo y victimismo suele producir buenos réditos políticos a los dictadores. Aglutinó al pueblo argentino en torno a su siniestra Junta Militar cuando los generales decidieron invadir las islas Malvinas y ha concitado el apoyo del pueblo sudanés tan pronto el dedo acusador del fiscal del Tribunal de La Haya ha apuntado a Omar Hassan al-Bachir, el presidente del extenso país africano.
La iniciativa de Luis Moreno Ocampo ha proporcionado solidaridad interna y proyección internacional a un dirigente de bajo perfil en los medios de comunicación. No obstante, el periodista norteamericano Dave Wallechinsky, famoso por elaborar un ranking anual de tiranos para la revista 'Parade', ya lo había situado al frente de la clasificación en su lista de 2006. Al-Bachir no cuenta con la desfachatez de Robert Mugabe o la veteranía de Omar Bongo, cuarenta años al frente de Gabón, pero sobresale por la ambición demostrada y su responsabilidad en un conflicto como el de Darfur, la mayor crisis humanitaria de este inicio de siglo, con un saldo de cientos de miles de víctimas y millones de desplazados.
Curiosamente, el dirigente nació hace 64 años en una localidad norteña, entonces administrada de manera conjunta por Egipto y Gran Bretaña. Se formó en una escuela militar del país vecino y participó en la guerra del Yom Kippur, una malograda ofensiva de El Cairo contra el enemigo hebreo. Es posible que la estrategia napoleónica formara parte del plan académico de aquel cadete y tal vez siempre quiso emularlo. Su trayectoria política así parece constatarlo.
Como Bonaparte, una conspiración le aupó al poder. Mientras combatía la sublevación separatista de los pueblos del sur, lideró en 1989 una conjura de oficiales que acabó con su primera experiencia democrática y que vino a llamarse la Revolución para la Salvación Nacional. El general Al-Bachir se convirtió en la cabeza del consejo que tomó el mando, además de los cargos de jefe de Estado, primer ministro, jefe de las Fuerzas Armadas y el Ministerio de Defensa.
Hassan al-Turabi, líder del Frente Islámico Nacional, respaldaba ideológicamente la iniciativa. La primera pretensión de los amotinados era acabar con una guerra civil que desangraba el territorio. El endémico conflicto entre el norte, árabe y musulmán, y el sur, cristiano y animista y habitado por etnias nilóticas como los dinkas, se había recrudecido por la disputa de los extensos yacimientos petrolíferos y el establecimiento de la ley islámica o 'sharia' como norma oficial. La arabización y la conversión en una república fundamentalista se acentuaron con el nuevo rumbo político.
En el 'eje del mal'
Fueron años convulsos en los que Sudán se integró en ese 'eje del mal' ideado por la Casa Blanca, con escalas en Teherán y Pyongyang. Su mano parecía estar detrás del intento de magnicidio contra Hosni Mubarak e involucrada en toda operación terrorista. Hace diez años, un ataque sincronizado a las Embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania provocó la respuesta de Washington con un bombardeo a un objetivo sudanés. Para unos, aquello era una fábrica de armas destinadas a los insurgentes y para otros, un simple laboratorio proveedor de aspirinas.
En cualquier caso, el ataque enervó a la opinión pública local y confirmó la calidad del país y sus dirigentes como parias para Occidente, algo similar a lo que le ocurrió en su tiempo al infortunado corso enfrentado al resto de las potencias europeas. Mientras tanto, en aquel clima enrarecido, el presidente, como su noble antecesor, dictó una Constitución, preámbulo de sus verdaderas intenciones.
Cuando envió las tropas y tanques contra el Parlamento, Al-Turabi, el mentor del presidente, constató que Al-Bachir quería un Estado homogéneo, centralizado y, sobre todo, gobernado sin intermediarios. Había incubado el huevo de la serpiente y el cascarón se rompía con estrépito.
Más allá de escaramuzas internas, la pérfida condición de Jartum permanecía invariable, y los atentados de las Torres Gemelas no mejoraron la pésima imagen del territorio de acogida de Osama bin Laden. Sin embargo, Al-Bachir obtenía un rotundo éxito con el acuerdo de 2005 que prometía la paz a la castigada región meridional y una promesa de autodeterminación en seis años. Parecía que su sueño integrador veía el horizonte, aunque el desacuerdo sobre la región de Abeyr, disputada por el norte y el sur, sigue alimentado, siquiera esporádicamente, la retórica bélica y patriotera tan querida por el antiguo oficial.
El conflicto de Darfur
Pero, entonces, llegó Darfur. Se trataba de una insurrección al oeste tras haber calmado la zona meridional y reprimido, sin grandes algaradas mediáticas, otro levantamiento popular a orillas del mar Rojo. El apoyo del Ejército a las milicias árabes, culpables de la masacre del resto de las comunidades nativas, arruinó definitivamente su escaso crédito y dio alas a un proceso legal que, teóricamente, puede equipararlo a Slobodan Milosevic o Charles Taylor, dos reos de la justicia internacional que también fueron presidentes de torturadas repúblicas.
En cualquier caso, no parece que un banquillo sea su destino inmediato y que Fatma Khaldid y Widad, sus dos esposas, hayan de comunicarse con el mutuo marido a través de un cristal blindado. No lo permitirían ni los jerarcas de la Liga Árabe, humillados y amenazados por el precedente, ni Rusia, su aliado, ni tampoco China, que importa medio millón de barriles diarios de crudo sudanés y provee de armas al régimen. Omar Hassan al- Bachir, mandatario supremo de la mayor república africana y detentador de un gran poder, no otea en el horizonte una amenaza externa de entidad y su maltrecha reputación puertas adentro se ha reforzado con la acusación. Santa Helena puede esperar.