En cuanto las nubes de primera hora de la mañana se esfumaron del cielo, las playas y paseos marítimos de Laredo y Noja empezaron poco a poco a dibujar de nuevo su estampa veraniega habitual, repletas de bañistas en la arena y los más osados en el mar, y terrazas al sol. Con el «tremendo» susto del día anterior aún martilleando su memoria, los turistas y vecinos volvieron a su día a día, a una jornada ajena ya a cordones policiales y cristales rotos, que destrozaron un domingo de julio. Algunas personas, sin embargo, llevaban impresas aún en su cuerpo y en su ánimo las marcas de los atentados terroristas del día anterior. Ése era el caso de las familias que residen en los dos chalés más próximos al campo de golf de Noja, situado a unos cien metros de la playa de Ris. En este recinto, que también recobró ayer su pulso habitual, estalló la última bomba de la cadena de explosiones.
María Luisa González, vallisoletana de 84 años, comía tranquilamente en el jardín de su casa junto a su nieta, Ana García, embarazada de ocho meses, y el marido de ésta cuando escucharon «un ruido tremendo». De repente, la sorpresa. «Empezaron a caer piedras del tamaño de medio melón sobre nosotros». La peor parada fue la anciana. Uno de los pedruscos la golpeó en la espalda, a la altura del omoplato. Más que dolor, la mujer sintió «un miedo horroroso». Salieron corriendo. «No sabíamos si iba a pasar algo más. Una cosa es ver estas cosas en la televisión, leerlas en el periódico, pero vivirlas...», explicaba ayer una de las únicas personas que tuvieron que ser atendidas por los servicios de urgencia.
Sin pegar ojo
La otra fue su nieta. La «angustiosa» escena le pasó factura. «Le subió la tensión y sufrió una crisis nerviosa. Se le puso el vientre duro y nos asustamos», recordó. Por eso, decidieron trasladar a la joven al hospital de Laredo. Por fortuna, Ana regresó esa misma tarde a su tierra, Valladolid, «en perfectas condiciones». El camino inverso hizo el hijo de María Luisa. Javier llegó a la mañana para confortar su madre. «A la velocidad que cayeron, estas piedras nos podrían haber hecho una avería a cualquiera de nosotros», explicaba, mientras observaba uno de los tres pedruscos que aún conservan en su jardín.
El médico ha aconsejado a María Luisa que ponga un cabestrillo en el brazo durante unos días, sólo «por si acaso». Físicamente se encuentra bien y, aunque confiesa tener «miedo», conserva su sentido del humor intacto. «Estoy muy disgustada, aunque con los años que tengo no sé si dará tiempo a que se me pase».
Muy cerca de la casa de esta mujer viven el palentino Jesús García y la cántabra Rosa Quintana. Su vivienda está pegada al murete donde ETA colocó el artefacto. Ayer decenas de curiosos se acercaron a ver las piedras aún despedazadas, mientras un grupo de golfistas jugaba sobre el 'green'. La pareja apenas pudo «pegar ojo» la noche anterior. Ellos también estaban almorzando cuando se produjo la deflagración. Habían oído en la radio que había una cuarta bomba en el recinto deportivo, pero «no íbamos a pensar que estaba colocada prácticamente en nuestra puerta», contaba Rosa.
Aún así, al igual que sus vecinos, no se explican «por qué nadie fue a decirnos que abandonáramos la casa o que no saliéramos de ella». En cuanto oyeron el «estallido», supieron de qué se trataba. «Fue terrible, todo ocurrió tan cerca. El susto se te queda metido dentro».