La mañana después de la subida a Alpe d'Huez, la estación de esquí derpierta lenta. Hay aún un goteo de caravanas que desciende el puerto. Quedan las pintadas, una cosecha de vasos de plástico y poco más. Ya se ha ido el olor del Tour: a embrague torturado. Por la última de las 21 curvas aparece un grupo de críos en bicicleta. Con uniforme ciclista. Han madrugado para subir el Alpe d'Huez. Rodando sobre los nombres en pintura blanca de sus ídolos. Soñando con que un día sobre ese asfalto estén ellos. Sueños.
Claudia y Yeray son los hijos de Carlos Sastre. El miércoles, mientras su padre regalaba al Tour el mejor día de su carrera deportiva, los dos niños volaban hacia París. Hacia su otro sueño: les esperaban unos días en Disneyland. Con el 'Pato Donald', 'Pluto' o 'Mickey'. Eso sí, el domingo estará allí papá, que anda en eso del Tour. La Grande Boucle. «Ése era mi sueño de pequeño», repitió ayer el líder abulense. Los chavales que acababan de coronar el Alpe d'Huez se arrimaron al hotel 'Le Pic Blanc', el del CSC. A ver al padre de Claudia y Yeray. El líder lo agradecía: «Siempre venimos a este hotel. El CSC lo ocupa, con el equipo y con patrocinadores. Unas 200 personas. Es una fiesta. Y más ayer-por la noche del miércoles-. Hubo champán».
Sastre no es un personaje expansivo. Como sin hábito para que las cosas rueden a favor. Líder prudente. Ha sido su primera noche de amarillo. «Traté de alejarme un poco de todo esto. Para poder dormir, descansar. Sólo vi algún trozo de la carrera por la tele. Comprobé en la pantalla que llegué muy cansado. Pero feliz. Y he dormido bien, con el maillot muy cerca, para que no se me escape, ja, ja».
Le cuesta abrir paso a la euforia. «No sé si es la culminación de mi carrera. Es muy bonito. También lo fue cuando conseguí pasar al campo profesional. Iba a hacer lo que siempre había querido». Donar su esfuerzo a otros: a Mancebo y 'El Chaba' (su cuñado) en el Banesto; a Jalabert en el Once, y a Basso en el CSC. En 2005 aún era gregario. El fallecimiento del 'Chaba' (finales de 2003) había dejado una agria resaca. Y El Tour 2005 pareció la puntilla. «Me he chocado contra muros y de alguno casi no me levanto». De uno: de ese Tour. «Estuve a punto de dejar el ciclismo. Toqué fondo. Y mira ahora. Si me hubiera ido, quizá hoy sería un hombre frustrado», declaró después. Le rescató la contrarreloj final de esa edición de la Grande Boucle: «Vi un rayo de luz. La acabé el noveno. Ese día me dije que no estaba tan mal». Un mes después, la Vuelta a España'05 le recompuso por completo. «Me ayudó a cambiar». Finalizó tercero, segundo tras la descalificación de Heras. Con 30 años empezó a sonreír sobre la bicicleta.
Vuelta a la crono final
En otra contrarreloj, la que cerraba el Tour de 2006, lo perdió todo ante Landis y Pereiro. Pero ya sabía convivir con la decepción. Mañana vuelve a ese mismo lugar. La 'crono' final del Tour. Y como nunca: desde la plaza del líder. «Ojalá conserve el maillot amarillo». Es su única concesión al optimismo. El autobús del CSC, al ralentí desde hace media hora, no espera más. Hay que bajar desde Alpe d'Huez hasta Bourg d'Oisans. Las 21 curvas de vuelta. Sentado tras el cristal tintado. «No veas cómo me duelen las piernas». Le masajean los aplausos de un centenar de aficionados que hacen pasillo a la puerta del hotel. «¡Bravo, Carlos!». Los chavales aprendices de ciclista le siguen de puntillas. A palparle. Anoche soñaron ser como él. Como él soñó con ser como otro abulense, Arroyo, aquella bestia de El Barraco. Como Claudia y Yeray sueñan con Disneyland. Con París, la ciudad en la que el domingo le s espera su padre.