Sastre ha envejecido esperando un día como hoy. Con paciencia de campo. Viene de El Barraco, Ávila. Allí, en el garaje familiar, está aún la 'Berrendero', su primera bicicleta. Con ella y con ocho años se echó a la carretera. Por esa misma línea recta de asfalto llega hoy a Cerilly, punto de inicio de la contrarreloj. Justo 53 kilómetros más allá está la meta de Saint-Amand-Montrond, la ciudad de las joyas y la orfebrería. La que contiene la victoria en este Tour. Será poco más de una hora de esfuerzo, sin pestañear. «Es la oportunidad de mi vida, pero estoy tranquilo», dice. Sastre defiende un minuto y 34 segundos de ventaja sobre Evans; 2.39 sobre Menchov. Todo el Tour girará alrededor de ese cronómetro. Una hora. Una vida por disfrutar de esa hora. «Llega mi gran día y estoy listo», se conjura.
Alejandro Torralbo es el mecánico de Sastre. Ajusta y pule sus bicis. Es la voz que baja la ventanilla del coche para empujarle. Torralbo es cordobés, alegre y tiene las manos pintadas de grasa. Por sus dedos de cirujano pasa la 'Cervélo' de contrarreloj. Un diamante de carbono. A 10.000 euros o más la pieza. Si hay una etapa sujeta a las matemáticas ésa es la cronometrada. No se trata de sumar; sino de restar tiempo. La estructura perfecta es una gota de agua en caída libre. Nada se adapta al aire como eso.
Sastre no pesa. «La báscula ni la miro». Andará por 60 kilos. Lleva años ajustando su escasa arquitectura corporal a la bicicleta de 'crono'. Domando la 'cabra'. No quería un manillar plano, horizontal. Prefería uno más elevado, con los puños más cerca del aliento. «Se lo ha preparado un antiguo ingeniero de Ferrari», cuenta Torralbo. 'Fórmula Sastre'. Torralbo habla y maneja un par de ruedas. Son un cuchillo de papel. Cortan y no pesan. Y cuestan unos 3.000 euros. Baratas por una hora así.
No se puede llegar desafinado al «gran día». Los 53 kilómetros son rugosos, como el pellejo del Macizo Central. «Apostaremos por incrementar la cadencia del pedaleo». Menos potencia y más velocidad. Las matemáticas otra vez: «Pondremos las bielas más cortas, las de 170 milímetros». Menos circunferencia; más vueltas. Y utilizarán los platos 'Rotor', ovalados. También buscan la agilidad: a paso rápido hacia París. Sastre lleva años ensayando para esta hora: cada semana se olvida un día de ser escalador en Navalmoral, Navarredondilla o Navalacruz -sus puertos- y coge la 'cabra'. «Ya sé lo que me espera en la crono: el dolor», apunta el líder. Y ahí dejan de tener valor las matemáticas. «¿Cómo se aguanta una hora así? Fácil, Sufriendo». Una hora por un Tour.
En el autobús de al lado, el de Evans, también miran el reloj. «La bicicleta 'Ridley' de Evans cuesta un millón de euros», exageran. O no. Otra joya. «Con ella le sacará más de un segundo por kilómetro», vaticinan. Matemáticas. A Evans le gustan. Es lo suyo: la economía del esfuerzo. Nunca gasta. Pero duda: «Hace una semana pensaba que iba a ganar el Tour; ahora no lo sé». Culpa de Sastre.
El líder tuvo su primera bici con ocho años. Ahora tiene un caballo: el suizo Cancellara, el mejor contrarrelojista del mundo. Su compañero. «Sabré lo que ha hecho en cada kilómetro y eso me dirá cómo voy». Tras esa huella de gigante. Pero sin obsesionarse. Los duelos anteriores entre Evans y Sastre. Datos del pasado. «Cada 'crono' es un mundo», apunta el líder. Evans le quitó 1.16 en los 29 kilómetros de la primera contrarreloj de este Tour. Con ese índice, el abulense perdería. Tampoco le favorecen las estadísticas de la edición de 2007: cedió 2.47 en los 54 kilómetros de Albi y 2.33 en Angulema (55,5). Adiós al maillot también. La historia, otra estadística, juega a su favor. Sólo en 12 ocasiones ha habido remontada: Gaul ante Favero (1958), Janssen ante Van Springel (1968)... Y, sobre todo, Lemond ante Fignon (por ocho segundos en 1989). La última es cercana: la de Landis ante Pereiro, en 2006, luego invalidada por el dopaje. Esa tarde, a Sastre lo sacaron del podio. No era aún su hora. Es hoy. Líder paciente.