El número oficial de fallecidos en la cadena de desgracias del fin de semana en el K2 se eleva a once, según la Secretaría de Turismo de Pakistán. Pero la cifra exacta tal vez aumente. Ayer, el riojano Alfredo García, testigo indirecto de los hechos desde el cercano Broad Peak, calculó en 18 el número de muertos. En cualquier caso, el baile macabro de cifras quizá sea lo más irrelevante en la mayor tragedia ocurrida en el Karakorum desde el verano negro de 1986, que segó la vida de 13 alpinistas. En 1995 fueron seis los montañeros que hallaron la muerte. Los avisos del K2 llevan crespón negro.
Montañeros y páginas especializadas se han preocupado estos días de analizar los hechos. Y prescindiendo de matices, en casi todos sus comentarios parece hallarse un hilo común. En altura, los alpinistas asumen riesgos de forma consciente y voluntaria. La mayoría es consciente de que la montaña tiene la última palabra y de que en la balanza ponen su propia vida.
No es casualidad que en los 'ochomiles' haya una línea denominada 'zona de la muerte', donde el organismo pierde energía de forma constante, aunque permanezca tumbado en la tienda. Puede morir de frío, por agotamiento, deshidratación o todo al mismo tiempo. Se expone a un accidente en forma de resbalón, un seguro mal fijado o una imprudencia a la hora de conocer sus límites. O puede caer por pura mala suerte: una avalancha, una grieta...
Factores incontrolables
El florecimiento de las expediciones comerciales ha llevado a cotas hostiles a muchos aficionados mal preparados. Pero, según los expertos, en el grupo de fallecidos en el K2 no todos eran novatos. Había gente preparada y con conocimientos. No se les puede tachar de imprudentes con ligereza. En última instancia se debe tener en cuenta que en una pared uno está expuesto a factores ingobernables. Y no es lo mismo valorar los riesgos de una aventura sentado en una mesa que a 8.000 metros, donde la ausencia de oxígeno se come hasta el cerebro.
En el K2 confluyeron todas las calamidades posibles: un engañoso día de buen tiempo, un variado grupo de montañeros de todos los pelajes y nacionalidades y el destino en forma de un bloque de hielo desprendido. Al parecer, y según se desgranan las informaciones, ya en el ascenso -que iba con retraso- se despeñaron dos montañeros. Poco después la avalancha arrastró a cinco alpinistas -tres coreanos y dos nepalíes-. El resto quedó atascado por encima del 'Cuello de Botella' -un estrechamiento a unos 8.200 metros- sin cuerdas fijas y escasas posibilidades de bajar. Cada uno lo intentó como pudo, unos se despeñaron y otros lo consiguieron. El último en lograrlo fue el italiano Marco Confortola. Ayer, por fin, tras cuatro días de tortura, llegó al campo base con la ayuda de otros tres montañeros. Está exhausto y sufre graves congelaciones en los pies.
A todo ello fue ajeno el alavés Alberto Zerain, el único que coronó la cumbre indemne. Cuando los demás subían él bajaba. Su pericia y conocimiento le ayudaron a esquivar la mala suerte. Su ejemplo puede ser una alegoría de la tragedia en el K2.