El viajero sigue el Mediterráneo por Tarragona con el descapotable azul sin saber dónde va a dormir. Es viernes, primera operación salida del verano, y teme que será difícil encontrar hotel en el último momento, como hasta ahora. Hace falta una idea brillante: Port Aventura tiene un hotel dentro del propio parque. ¿Quién iba a estar tan loco como para empezar las vacaciones así, rehén de los niños? Llama y hay sitio, pero está casi lleno. Es verdad, si hay que ir, mejor al principio.
La habitación tiene la entrada incluida, pero le cobran un suplemento individual y otro de corta estancia. Total, 230,40 euros por un día. El viajero se alegra de ir sin la familia a este sitio familiar. Como sabe quien haya viajado solo, porque le ha dejado la novia o el novio, o para pensar si lo hacía él, en el mundo de las vacaciones la soledad se persigue con saña. Es como lo de los zurdos y los abrelatas, una discriminación que algún día debe terminar. Pero hasta que llegue ese día, el viajero decide que será la primera sablada para el periódico. Es el mayor parque de atracciones de España, el superlativo mediterráneo de esta etapa.
Muy contento, porque de pequeño le encantaban estos sitios, conduce hacia allí oyendo canciones inimaginables en Radio Tele Taxi Baix Penedés. También hay anuncios caníbales de pisos: «¡Nunca jamás volverá a ver estos precios! ¡Palabra del promotor! ¡Aproveche la crisis!». Antes de Tarragona la costa tiene zonas medio campestres, pero los pueblos han roto sus costuras y se han agigantado. El viajero estuvo aquí hace muchos años, por un amor de verano, y para en Altafulla a ver si reconoce el lugar, pero no es capaz ni de encontrar la estación. Da vueltas aturdido por filas de bloques de pisos que no existían. Llega a la conclusión de que es mejor no volver a los sitios, a menos que uno sea constructor.
Por fin llega al hotel de Port Aventura. La entrada es como la casa del gobernador de 'El Zorro', pero con un Pájaro Loco en la puerta. Por alguna razón ahora le llaman Woody. En la recepción, donde vibra la emoción de los chavales, le explican que el parque, dividido en zonas de países, cierra a las doce y tiene tiempo de entrar a alguna fiesta temática. «Yo le recomiendo la de Polinesia, 'Noches de fuego en Tahití'», apunta la señorita. Luego, espectáculo de medianoche.
-Le han dado el primer premio mundial de espectáculo al aire libre.
-¿Pero hay un concurso así? ¡Qué curioso! ¿Y dónde lo hacen?
-Sí, es el Open Party no sé qué, compiten los parques del mundo, pero va el jurado a los sitios.
Barcas con publicidad
El hotel es un conglomerado de casitas y piscinas que da toda la impresión de ser falso, pero es de verdad. Luego en el parque parece todo de verdad, pero es de mentira. Sin embargo, a la gente eso le da igual. Se hace fotos en una cascada postiza como si fuera real, pero quizá es lo más cerca que algunos han estado de una. En este estadio de la evolución el hombre se encuentra tan alejado de la naturaleza que hasta puede reproducirla. Total, para lo que sirve. Sin embargo, el viajero debe admitir que un atardecer patrocinado era lo último que le quedaba por ver: hay publicidad en las barcas del lago donde la gente se hace fotos en la puesta de sol.
Es el momento de ir a la fiesta de fuego tahitiana, en un recoleto rincón selvático. Es una exhibición de feminidad y virilidad, que es de lo que suelen ir estas danzas nativas de los mares del Sur, aunque uno esté en Salou. Pero luego el jefe de la tribu hace esa cosa tan terrible de sacar a rastras a voluntarios del público, contra su voluntad. El viajero se esconde tras una mata. Al que pillan le ponen un collar de flores y faldas de pajas. Después de ver a los machotes maoríes es un tanto humillante.
El viajero va a comer algo y hay pelea por las mesas, pero los padres de familia están tan machacados a esas horas que birlárselas también es un juego de niños. Cuando llega el espectáculo nocturno la gente va al lago. Es impresionante, con fuegos artificiales, muñecos gigantes en el agua y música a un volumen estratosférico. Asegura que no haya poblaciones de conejos y roedores en 50 kilómetros a la redonda. El viajero se queda más tranquilo al leer en su cuarto un folleto impreso en papel ecológico. Dice que el complejo «desarrolla su actividad generando el mínimo de impacto ambiental». Así que la ruedita del volumen estaba al mínimo.
El viajero ve la fila de padres volviendo al hotel como un batallón en retirada y piensa cómo harán para sobrevivir. Mira en el minibar: vacío. Lo deben de hacer a pelo. Sin embargo descubre que el bar del hotel está abierto. Se asoma y ve padres mirando al cielo en silencio con un gin-tonic. Cuesta cuatro euros, pero no está incluido con la entrada, una falta de previsión absoluta. Luego intenta dormir, pero tener la tele en la cama, para quien no está acostumbrado, es una tragedia. Uno se queda viendo tonterías hasta el alba. La televisión nocturna de un país es como su subconsciente, revela su personalidad. Qué decir de la de España. En Austria, con fama de país raro, el viajero vio una película muy rebuscada de unas militares que saltaban desnudas en paracaídas y caían en bolas en una estación, para asombro del jefe de trenes. ¿Habrá porno en este mundo de diversión? Aunque haga un efecto raro no desentonaría, pues no deja de despertar una ilusión infantil. Uno va pasando canales y dice: «Anda, mira, hay porno». Sí había.
En otra cadena aparece otro lugar masivo. Retransmiten un gran concierto llamado Río Madrid y un locutor va y dice: «Shakira es una de las figuras más importantes de la cultura popular de los últimos 20 años». El viajero se queda pensando un rato pero concluye que debe de ser verdad si lo dice la televisión pública. Luego ve imágenes de la Expo de Zaragoza, con la gente sedienta bajo el sol para instruirse sobre el agua. Dedicarse a la masa en España cada vez tiene más éxito. El viajero apaga la tele. Quiere estar descansado para madrugar, porque le han dicho que se puede contratar al Pájaro Loco para que aparezca en la mesa del desayuno de tus niños. ¿Habrá pagado alguien para eso? ¿Qué pensarán los otros niños discriminados? El viajero se duerme con muchos nervios.
Al día siguiente no le hace falta despertador. A las ocho de la mañana un niño se divierte en el piso de arriba dejando caer una canica al suelo y que bote millones de veces hasta detenerse. A las nueve, el comedor está lleno. La gente desayuna como si hubiera olvidado que después le van a poner boca abajo en una máquina. El viajero compara las mesas e intentar adivinar qué niños están mejor educados. Parecen todos muy buenos, el país está salvado. Como en Ikea, en medio de la masa irrumpen a veces esas escenas privadas. Se ven parejas en silencio sepulcral, o discutiendo a voces. Los demás intuyen con gravedad que puede ser el principio del fin. El viajero piensa que con los otros uno siempre se cree muy lúcido, pero con uno mismo lo normal es no enterarse de nada.
Y llega la hora de divertirse. Lo indica la música a todo volumen y un 'show' de muñecos de Barrio Sésamo nada más entrar, aunque son las diez de la mañana. Los grupos planean el día como una exploración. En todos hay uno que es el que lleva el mapa y se lo sabe. Suele ser un rol masculino. También hay alguno al que no le hacen gracia estos sitios y va refunfuñando. Curiosamente, en el parque hay mayoría abrumadora de adultos, no es sólo para niños, pero gran parte de ellos no monta en nada. Van a pasar el día como al Pryca. Algo de razón tienen. Sin el disfraz chino o polinesio, aquello es un centro comercial encubierto, lleno de tiendas de ropa, de decoración, bares y restaurantes. Por ejemplo, la tienda de la zona mandarina es como la semana de China en el Corte Inglés. Incluso hay libros. El viajero hojea uno sobre el té: «No tiene la arrogancia del vino ni el individualismo del café». Deja la tienda reflexionando sobre ello.
El mundo de Indiana Jones
El viajero se da cuenta de que está un poco tiquismiquis, venga sacar defectos a todo. No es lugar para ir solo. Debe reconocer que todo funciona de maravilla y el personal, cientos de empleos, es encantador. La sátira cansa al cabo de un rato, sobre todo para el que la practica, y el viajero lo soluciona subiéndose al Gran Khan, una montaña rusa tremenda. Qué pasada. No le hace justicia el aviso de «Atracción fuerte. Posibilidad de marearse». Son muchos los que se rajan, como los abuelos que se quedan abajo, leyendo el periódico, que lo regalan en la puerta. Hacen bien, porque también les causaría mucha impresión la calderilla que se cae de los bolsillos en la primera rampa. El parque cubre seguramente de este modo los robos de toallas.
Las zonas de Polinesia y México son frondosas y más frescas, pero con el calor en el Far West se desfallece. En ese sentido está muy logrado. El viajero prefiere la zona de Polinesia porque le recuerda 'La taberna del irlandés', la película de John Ford que más suele gustar a los niños, porque parecían todos de vacaciones y salía un tren eléctrico muy chulo. Aunque eso era cuando la ponían en la tele. Hubo un tiempo en que era normal crecer viendo buen cine. Paradójicamente, sospecha el viajero, ahora que todo se ha infantilizado son los niños los que salen perdiendo. Salvo en Port Aventura, claro. Se lo pasan bomba y se quedarían allí todo el verano. Las colas en el Furius Baco, la montaña rusa más rápida de Europa, son de casi una hora.
Hace un calor infernal y el viajero se pregunta si habrá algún servicio de retirada de cuerpos exánimes, un coche escoba como en la Vuelta ciclista. Se sienta en unos bancos y ve que el paisaje humano, a fin de cuentas, es el de los grandes museos: caras bovinas y cuerpos derrengados. Como él. ¿Le gente se divierte realmente? Al viajero le parece que todo depende del momento de la vida en que esté cada uno, como en las bodas. Algunos grupos son muy felices, otros tienen cara de circunstancias. Es inolvidable en uno u otro sentido. De repente le invade una musiquilla. Se gira, pero no ve de dónde sale. Entonces descubre bafles ocultos entre las piedras y los matorrales. La banda sonora constante recuerda que uno está ahí para pasárselo bien. Pone rumbo entonces hacia el Hurakan Cóndor, la atracción más pavorosa. Le dejan caer a uno a plomo desde casi cien metros de altura. «¿Pero luego te paran, no?», pregunta siempre la gente.
Por una vez los solitarios tienen ventaja, porque en el Hurakan hay una fila reservada para ellos mucho más rápida. Sin embargo, delante del viajero hay un grupo de cinco chavales que simulan no conocerse, pero se nota que son amigos. No pueden evitar charlar excitados. Mandan mensajes en el móvil para decir dónde están. Del interior del falso templo maya salen alaridos humanos. El ambiente es de Indiana Jones, con hiedras de plástico, y en la fila se murmuran leyendas terribles -falsas, como todo- de unos que se quedaron atascados arriba durante una hora. Se ve una zapatilla en una repisa, un detalle que da mucho miedo.
El viajero sube por fin al aparato y descubre que lo mejor de Port Aventura está ahí, arriba del todo, pero sólo dejan verlo un segundo. Se ve la monstruosidad en torno del desierto, de grúas y rascacielos borrosos en la neblina de la canícula, el secarral detrás del decorado. El viajero lo mira estupefacto, con el viento de la altura soplándole en la cara y los pies colgando en el vacío. Sin música, hay un silencio extraño. Es sólo un instante de conciencia. Después, al agujero: ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah!
Mañana
Camino de Santiago: 'Tiritas para ampollas y rodilleras' Por AINHOA DE LAS HERAS Y BERNARDO CORRAL