Quienes han entrado en el pabellón de Termoelectricidad Consonni, junto al depósito de vehículos de Zorrozaurre, recuerdan detalles como su escalera interior, rematada por un lucernario, y la ventanilla de recepción que se mantiene en el vestíbulo. Pero allí dentro hay mucho más. Se pueden encontrar objetos tan dispares como un coche de bomberos, la antigua rotativa del diario 'Hierro', máquinas de coser, cuadros eléctricos de mandos, maquetas de Altos Hornos y abundante documentación.
Son algunas pinceladas de los fondos almacenados desde hace años en estas instalaciones, a riesgo de caer en el olvido. Se trata de materiales inventariados que fueron cedidos por diferentes empresas y que durante algún tiempo tuvieron un destino claro: el Museo de la Técnica de Lutxana. Se habló mucho de él, pero no llegó a abrir sus puertas, y el Ayuntamiento de Barakaldo acabó utilizando el edificio para usos sociales. Años después, en 2006, Portugalete puso en marcha el Museo de la Industria, pero el legado que se había preparado para Lutxana continúa encerrado.
La Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP) teme que la rehabilitación del pabellón de Consonni imponga una nueva mudanza que acabe en paradero desconocido. El colectivo va a hacer gestiones con la diputada de Cultura, Josune Ariztondo, para velar por la conservación de estos materiales y dar un nuevo impulso al Museo de la Técnica, que podría encontrar su lugar en alguna de las naves de Zorrozaurre.
Hasta ahora, se había planteado como posible sede un edificio de la otra orilla en el que resulta imposible no fijarse cuando se pasea por la ribera entre los restos de los cargaderos. La antigua harinera de Molinos Vascos, construida en los años veinte en el barrio bilbaíno de Zorroza, destaca sobre los montones de chatarra que se acumulan junto a la ría con su limpia estructura, sus ventanas de medio punto y su cubierta de estilo neovasco, aunque rodeada de abandono.
A falta de definir el futuro de este edificio, que dispone de un régimen de protección, y el de los fondos almacenados, en Zorrozaurre se ha dado un paso importante para la conservación del patrimonio industrial. «Es la primera vez que Bilbao aborda su transformación sin hacer tabla rasa con su pasado», destaca Joaquín Cárcamo, vocal de AVPIOP. «En este caso ha prevalecido el sentido común».
En su opinión, los edificios industriales, con espacios diáfanos, amplios ventanales y estructuras muy resistentes, son «muy flexibles» para adaptarse a nuevos usos. Los expertos proponen mantener la mezcla de viviendas y actividades económicas y las calles interiores y patios de operaciones, «con un gran poder de evocación», al tiempo que lamentan las ausencias. «La política de demolición masiva e indiscriminada del Gobierno vasco ha arrasado elementos de gran valor patrimonial junto con verdaderas ruinas», concluye Cárcamo.