Zorrozaurre tiene memoria, y en sus fachadas -aunque estén ocultas tras un velo de suciedad, pintadas y cristales rotos- hay mucho que recordar. 19 edificios industriales serán testigos del desarrollo de la zona y aportarán al nuevo paisaje su sólida arquitectura, reflejo de diferentes tendencias y del saber hacer de autores desconocidos y de renombre como Manuel María de Smith o Ricardo Bastida. Su presencia no es la única sorpresa que encierra este recorrido, un escenario de proporciones de gigante en el que conviene fijarse en los detalles.
Amaia Apraiz y Ainara Martínez, expertas en patrimonio industrial, han recogido en un informe los datos históricos de las empresas y una minuciosa descripción de cada inmueble por encargo de la comisión gestora que lidera la regeneración de Zorrozaurre. Aunque no se conservarán todas las construcciones que ellas proponían, la futura isla mantendrá en pie una parte significativa de este legado, la ruta más completa de la ciudad para asomarse a este tipo de arquitectura. Un marco que admite múltiples usos, todavía por definir, en miles y miles de metros cuadrados, con calles interiores y patios de operaciones que crean nuevos espacios.
Y eso a pesar de que el recorrido por la ribera de Deusto empieza con una ausencia. De la fábrica de velas y toldos Bilbao-Goyoaga, una de las más emblemáticas del barrio, sólo queda una parte de su fachada, un panel de azulejos que el Ayuntamiento recuperó a petición de los vecinos, y que data de 1912. El más antiguo de los edificios industriales es el de Abet Laminati, de 1907. Vinculado a la industria naval, «llegó a tener una grúa y un pequeño dique», explica Amaia Apraiz. Pero el bloque carece de interés y, como muchos otros, será derribado.
El primer signo alentador del paseo -donde los talleres conviven con las flores de los balcones de las casas, siempre mirando hacia la ría- es la alegre fachada de La Coromina Industrial. Luce con orgullo la inscripción 'Anhídridos carbónico y sulfuroso.1923' y el estilo de Manuel María de Smith, que juega con la disposición de los ladrillos y el contraste de colores, aunque el calendario que se ve a través de la ventana, con motivos navales, está al día. Ahora alberga las oficinas de Vicinay Cadenas, la mayor empresa de Zorrozaurre, que prepara su traslado. En la ribera sólo quedarán La Coromina y el archivo -antes lo fue del Banco de Bilbao- obra de Ricardo Bastida.
A los edificios industriales no sólo les dan nombre los arquitectos, sino también los rótulos. Las historiadoras defienden su conservación porque imprimen carácter. Incluso cuando están a punto de borrarse con el paso del tiempo -como en el muro donde todavía puede leerse Artiach en grandes letras de molde- conservan su poder evocador. Claro que Artiach no es un nombre cualquiera. Sus tres pabellones «son en sí mismos una historia viva de la arquitectura industrial» y su evolución desde principios del siglo XX hasta los años setenta.
Pintadas y 'okupas'
Uno de ellos es tan singular -y tan clásico- que se conoce popularmente como 'la iglesia'. La fachada, con sus columnas toscanas, su arquería y sus puertas de madera, era una carta de presentación de la empresa, que se mantuvo en Zorrozaurre hasta que las inundaciones del 83 arrasaron sus instalaciones. Su historia la escribieron mayoritariamente mujeres, que dejaron la huella de su trabajo en la nave de fabricación, que luce el rótulo Duquesa María, y en el pabellón de ladrillo más moderno, que también se conservará.
Algunos inmuebles son útiles por las posibilidades que ofrecen sus espacios diáfanos, y otros tienen valor en sí mismos como bienes de interés patrimonial. «La verdadera arquitectura del siglo XX es el edificio industrial», afirma Amaia Apraiz. «Todos los avances, el hormigón, el hierro, el cristal y el acero, se han probado aquí, porque la construcción de viviendas no ha cambiado tanto». Lo dice mirando fachadas como las oficinas de Beta, con la sobriedad de los años 50, y las de Cromoduro, cargadas de modernidad, con uno de esos rótulos que las expertas consideran imprescindibles.
Tantos méritos, sin embargo, no imponen respeto. A medida que avanza el recorrido, las pintadas se hacen más intensas, como la sensación de abandono. 'Eskombros' pone en uno de los laterales del muro que rodea la eléctrica Lancor, donde se fabricó el motor de la grúa Carola. Hubo que tapiarla porque no dejaban de entrar 'okupas' y ladrones de chatarra. Aun así, las incursiones continúan y las inmensas naves con cubiertas en shed -las típicas en dientes de sierra- se derribarán después del verano. Sólo se conservará el edificio de oficinas, que mantiene su buena factura aunque apenas quedan cristales que romper en sus ventanas.
Ya no existe la verja que unía Lancor y Consonni, «dos formas diferentes de entender la arquitectura de los 50». Y hay que fijarse para apreciar la planta elegante del edificio de servicios de Tarabusi, cuyos ventanales han quedado camuflados dentro del depósito municipal de vehículos.
Pese a los signos de deterioro, merece la pena seguir avanzando por Zorrozaurre para no perderse el conjunto de Mefesa, «una pequeña urbanización» con su logotipo en forma de diamante de la que se conservarán las oficinas -donde permanecen las antiguas ventanillas de expedición de salarios-, los laboratorios y la torre de procesamiento químico, de gran altura, llamada a convertirse en «un hito arquitectónico». Con su conjunto interior de cubas y montacargas para tratar los metales, es sin más añadidos «un edificio-máquina, una escultura industrial».
Todo lo contrario de las muestras de arquitectura neovasca que ofrecen la casa del guarda de Cromoduro y las oficinas de Maderas Españolas, de Manuel Galíndez. Una vez más, la empresa quiso vender su producto desde la fachada con un edificio pintoresco y lleno de detalles confortables, algunos chocantes como los huecos en forma de corazón que adornan las contraventanas. Si se mira fijamente el inmueble y el árbol que crece a su vera, uno puede pensar que está en cualquier otro sitio, quizá en una zona residencial. Pero los contrastes siempre han formado parte de este paisaje, donde las viejas casas se restaurarán para que convivan con los rascacielos que cambiarán el perfil de la zona. En ese viaje al futuro, que al igual que el pasado industrial estará volcado en la ría, Zorrozaurre no puede ni quiere quemar sus naves.