ace exactamente catorce años, tal día como ayer, Atxo Apellaniz moría a mi lado en el K2. Entonces, no sentí nada. Sólo pensé en Nati, su mujer. Y en lo estúpido de escalar montañas donde uno puede dejarse la vida. Tuve tiempo, no obstante, para sentirme confortado: Atxo había muerto en el calor de una tienda de campaña, flanqueado por amigos, gracias al esfuerzo y al valor enormes de Sebastián de la Cruz y de Ramón Portilla, que literalmente abandonaron la seguridad del campamento base y se metieron en la tormenta, entre avalanchas de piedras, para subir a ayudarnos. Ya sin Atxo, alcanzamos el campamento base y entonces sí; entonces llegó el dolor.
Cuando sólo un año más tarde murieron Lorenzo Ortiz, Javier Oliván, Javier Escartín, Rob Slater, Bruce Grant y Alison Hargreaves volví a sentir el mismo dolor. Por ellos, por Atxo, por Nati, por mí. Después desapareció el dolor y se instaló el vacío. Que no es doloroso, pero es eterno.
Pasado un tiempo, regresé a las montañas. Sigo en ellas y he recuperado el pensamiento de que no es estúpido escalarlas. Creo incluso que, aunque a veces ciertamente arrebatan vidas, son muchas, muchas más, las ocasiones en que la regalan a quienes acuden a ellas. Vida. Pletórica, plena de sentido. ¿Por qué? Es un misterio. Pero eso es lo que sucede.
Hoy, transcurridos catorce años, pienso en el K2 y siento sobre todo, distancia.
Tragedias diferentes
Once alpinistas muertos el mismo día, en el mismo lugar. No existen antecedentes de semejante alcance, salvo que nos remontemos hasta finales de los años 30 en el Nanga Parbat, con nueve y dieciséis fallecidos, respectivamente, en la vertiente del Rakhiot. Nada tiene en común, sin embargo, la tragedia de estos días con las de aquellas grandes expediciones alemanas. Las trece muertes del verano de 1986 alteraron la estadística del K2, pero carecen también de toda base susceptible de comparación, ya que fueron el resultado de siete accidentes distintos.
El múltiple accidente de estos días refleja, sin embargo, la práctica de un tipo de alpinismo profundamente distinto al de aquellas, hoy tan lejanas, décadas. ¿Por qué? Porque los treinta eran aún años de exploración en el Himalaya y habrían de pasar decenios hasta descubrir que la ruta más segura hacia la cima de la 'Montaña Desnuda' no estaba en el Rakhiot, sino en el Diamir.
Porque los ochenta fueron los últimos años de práctica generalizada de concepciones vanguardistas en el Himalaya; de apertura de nuevas rutas, de intentos en estilo alpino, de expediciones ligeras que no coincidían con otras expediciones porque entonces salía menos gente, pero también porque no querían coincidir. De gentes que se colocaban sus cuerdas, que se abrían su huella, que prescindían de oxígeno embotellado y, casi siempre también, de porteadores de altura.
«Debemos amar el tiempo de los intentos», cantaba Silvio Rodríguez. Y es que la cumbre era importante entonces, pero no era lo más importante. Lo importante era cómo: Por dónde, con qué medios, en qué estilo.
Como si de un presagio o un reflejo se tratara, fue en aquellos tiempos cuando la magnífica revista británica 'Mountain' desapareció digna y calladamente; luego, el papel couché se hizo dueño del panorama y aquellos tiempos, simplemente, dejaron paso a otros. Hoy se siguen haciendo cosas dignísimas en montaña, pero allá donde esas cosas se hacen, va poca gente. Ligera de equipaje.
En la tragedia reciente de 'La Montaña de las Montañas' convergen todos los factores que caracterizan la práctica más generalizada hoy en el Himalaya, aquellas que hasta ahora parecían exclusivas del Everest o del Cho Oyu: Vías normales, mucha gente que previamente cuenta con encontrarse, guías, porteadores que colocan cuerdas fijas, botellas de oxígeno donde antes nunca se utilizaron o donde, como en el K2, hacía mucho que habían dejado de usarse... tantas cosas que, a mi modo de entender, degradan las montañas.
La pasión
El espolón de los Abruzzos de este agosto nada tenía que ver con la ruta que Lacedelli y Compagnoni escalaron en 1954. La hora de llegada a la cima, poco más tardía por cierto, que la de aquellos pioneros indica que, ciertamente, el grupo no iba rebosante de fuerzas máxime si, como relataba el siempre fortísimo Alberto Zerain, la huella estaba abierta y la mayoría portaba botellas de oxígeno, pero no guarda en absoluto relación con el accidente.
Después, la tragedia repetida. Cuando veo ciertas prácticas en el himalayismo actual, no puedo dejar de recordar al capitán Scott. Su sensación de abatimiento cuando, allá por enero de 1912, alcanzado el objetivo de los 90º de latitud sur, descubrió que nunca iba a ser el primero porque allí aún ondeaba la bandera noruega de Amundsen.
Scott murió antes de poder recuperarse de aquella decepción, pero quienes hemos llegado a esto mucho después sí hemos sido capaces de apañar los argumentos. Porque siempre nos queda el recurso a ser los primeros: De nuestro país, de nuestro otro país, de nuestra provincia o territorio, de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestra escalera.
Hoy, miro hacia el K2 y siento respeto, siento pena por los muertos y por sus seres queridos, siento conmoción, pero sobre todo, siento distancia. Porque ésta no es la montaña de la que un día me enamoré.
H