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SEGURIDAD EN FIESTAS DE BILBAO

Policía Municipal y Ertzaintza infiltran a varios agentes de paisano en el recinto festivo para perseguir a carteristas y evitar trifulcas

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Uno o dos 'Red bull'. Ése es el secreto de algunos policías para que no les venza el sueño cuando trabajan de noche. A partir de cierta hora no es fácil encontrar un bar en el que preparen café y las txosnas tampoco lo sirven. Aunque el mejor remedio contra la somnolencia -reconocen- es la acción. «Si la noche está agitada, el tiempo se va volando, ni te enteras», confiesan. Visten de paisano para pasar desapercibidos, llevan el tradicional pañuelo festivo al cuello y zapatillas deportivas. En una guardia de ocho horas pueden llegar a caminar más de diez kilómetros: de la zona de Albia y plaza Circular a las txosnas de El Arenal, la Ribera y el corazón del Casco Viejo, hasta Unamuno e Iturribide y vuelta hacia el Ensanche. Llevan arma y una porra extensible, pero a simple vista nadie lo diría. «Es peligroso, se puede volver en tu contra, pero es un seguro, nunca se sabe lo que puede llegar a ocurrir».
Su objetivo es ver y no ser vistos. La Policía Municipal de Bilbao y la Ertzaintza infiltran a varios de sus agentes en el recinto festivo para descubrir a carteristas y camorristas, delincuentes que más abundan en la Aste Nagusia. Otro grupo se encarga también de controlar la venta ambulante, en especial de productos perecederos, y el horario de cierre de los locales. Lo forman varias agentes femeninas que lucen buen aspecto y se las conoce cariñosamente entre sus compañeros como 'Los ángeles de Sarri'.
Dos periodistas de EL CORREO se sumergieron en la vorágine festiva la noche del lunes al martes -tercera jornada de la Aste Nagusía- y acompañaron a varios policías camuflados en su ronda nocturna. «Yo lo comparo con el mundo animal; (los ladrones) son como hienas a la caza de gacelas. La gente es confiada, bebe mucho y se convierten en la presa perfecta. Las chicas van al baño y se dejan el bolso descuidado... Y ¡zas!, ellos echan la zarpa», resume uno de los agentes.
La noche se presenta tranquila. El termómetro digital de la plaza Circular marca 20 grados a la una y cinco de la madrugada. «Hay menos gente que otros años», comparan. El ambiente se irá animando cuando termine el concierto del grupo El Barrio en Botica Vieja y, sobre todo, a medida que se acerque el fin de semana. Patrullas uniformadas se apostan en Hurtado de Amezaga por si su presencia resulta necesaria en el recinto festivo. «En principio está prohibidísimo entrar», apuntan los policías. «Tendría que ser algo muy gordo, y el ambiente es bastante sano en las txosnas. Bilbao es una ciudad segura», se enorgullecen.
Pero el recinto está lleno de sus potenciales «clientes», como llaman a los sospechosos. Van de tres en tres y empiezan a actuar avanzada la madrugada, cuando el exceso de alcohol y el descontrol multiplican las posibles víctimas.
Robo de un bolso
A algunos 'sirleros' les conocen porque están fichados. La experiencia abre los ojos de los policías. Pueden distinguir entre un tumulto movimientos que a los periodistas les pasan desapercibidos. «Esos dos se están preparando unas rayas de 'coca'», advierte uno de ellos en referencia a una pareja sentada en un bordillo en plena calle. «Mira, ése es 'El Doctor'». Los agentes, especializados en la investigación del tráfico de drogas, reconocen a un 'camello', que se confunde entre la multitud. Señalan a un tipo con pinta de profesor chiflado. «Vende pastillas, sobre todo».
La plaza Unamuno se ha convertido en una especie de 'meeting point' (lugar de encuentro) de jóvenes magrebíes, algunos de los cuales esnifan pegamento. Junto a ellos se concentran también chicas rumanas, menores de edad, una de ellas embarazada, que pululan por la zona de las txosnas y las barracas, en el parque Etxebarria, mendigando, vendiendo rosas artificiales a dos euros y mecheros. Las vigila de cerca un grupo de hombres, de su misma nacionalidad.
De repente, uno de los policías recibe por el teléfono móvil un aviso: «Han robado un bolso a una chica en la calle Esperanza, aquí detrás. Hay dos caminos, vamos unos por un lado y otros por otro». Saben que en estos casos el tiempo es oro. Cuanto antes lleguen, más probabilidades tienen de coger al ladrón. Pero las víctimas del robo se lo han comunicado a una patrulla uniformada en la plaza Circular, así que, para cuando llegan, ya no hay ni rastro.
- «¿Cómo tiene que reaccionar alguien cuando le abordan para robarle?», preguntan los periodistas.
-«Lo primero es tratar de evitar lugares oscuros, aislados, e intentar ir siempre acompañado. Cuando ya es inevitable, pues nada, gritar y pedir ayuda».
El fin de semana, una chica recibió un corte en la cara con una botella rota al salir en defensa de una amiga a la que un joven magrebí sometió a tocamientos. Al parecer, la chica sabía artes marciales y se enfrentó al agresor, que reaccionó pasándole el cristal por la mejilla.
Delante de sus narices, un individuo arranca los focos del escaparate de una joyería. Le identifican. Al principio alega que se los ha «encontrado», pero termina confesando y anunciando que, como su oficio es electricista, le va a ofrecer al joyero arreglárselo a cambio de que no le denuncie.
A partir de las cuatro de la madrugada, la noche se caldea. Se exhiben navajas en una pelea en la plaza Circular. Los policías camuflados se llevan detenido a un menor, con domicilio en Barakaldo, por robo con coacción y violencia. «Dame un euro», le empezó diciendo a la víctima, de su misma edad. Al final, «le amedrentaron y le quitaron la cartera», bajo la amenaza de una botella rota, un arma sucia que cada vez se utiliza con más frecuencia en las riñas callejeras. Un día más, la jornada se alarga por el papeleo que genera un arresto a última hora. Y mañana, los agentes tendrán que recurrir a los mismos trucos para estar bien despiertos toda la noche.
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