El trágico accidente de Barajas se produce en un momento empresarial dramático para Spanair, que está al borde de la quiebra. La escandinava SAS, dueña de la segunda aerolínea española con una cuota de mercado del 25%, presentó a finales de julio un drástico plan de ajuste que incluye el despido de más de 1.000 trabajadores y la cancelación de las rutas más deficitarias. Esta severa reestructuración responde a un intento desesperado de mantener la compañía a flote en un entorno cada vez más asfixiante por el encarecimiento del petróleo y la feroz competencia, que han acarreado unas pérdidas de 40 millones de euros sólo en el primer trimestre. La situación es tan grave que SAS ha tratado de vender la filial española. Pero no ha tenido éxito porque nadie estaba dispuesto a pagar el precio que pedía por ella.
Ayer mismo, pocas horas antes de que el JK 5022 Madrid-Las Palmas cayera frente a la T-4, los pilotos de Spanair afiliados al Sepla habían amenazado con convocar una huelga en caso de que la dirección de la compañía mantuviese el empeño de «imponer» el Expediente de Regulación de Empleo, «evidenciando su falta de voluntad real de diálogo».
En un comunicado, los pilotos denunciaban también «el caos organizativo» en que vive la empresa. Es más que probable que algunas de sus acusaciones recrudezcan el debate sobre si SAS había descuidado la calidad e incluso la seguridad de su servicio en un intento de recortar costes. Así, los representantes del Sepla reprochaban a la dirección no haber acometido las inversiones necesarias en épocas de bonanza, hasta el punto de incumplir los planes de sustitución de flota. Asimismo, criticaban que, debido a la estructural escasez de plantilla, se estaban produciendo «continuas presiones y amenazas para que tanto los tripulantes como el personal de mantenimiento transgredan las normas».
Ahorro de gastos
En la nota, el sindicato responsabilizaba a la actual dirección de la compañía de su «precaria situación» y advertía de que el ajuste propuesto no es más que «un plan de ahorro inmediato de gastos, que en absoluto garantiza el futuro de la aerolínea».
Los responsables de Spanair, por su parte, sostienen que su plan de viabilidad es la única forma de sacar adelante la firma y que, de no aplicarse, se verían obligados a echar el cierre el próximo noviembre. El ajuste está siendo negociado estos días entre la dirección y los trabajadores. Ayer estaba prevista una reunión con el comité de empresa en Palma, que tuvo que ser anulada por el brutal accidente.
La compañía fue fundada en 1986 por Gonzalo Pascual, dueño del grupo Marsans, y Gerardo Díaz -actual presidente de CEOE- en alianza con la propia SAS. Los empresarios españoles vendieron a la aerolínea escandinava el 5% del capital que mantenían en junio de 2007 aunque, entonces, ante el anuncio de que el grupo nórdico ponía a la venta Spanair dentro de un ambicioso plan de reestructuración, aseguraron que iban a buscar recursos para recomprarla. Su oferta nunca llegó.
En ese momento entró en escena Iberia, que se ofreció a asumir los 90 millones de euros de deuda de Spanair y pagar otros 200 por la totalidad de la compañía. SAS se hizo de rogar y prefirió jugar al mejor postor. Se especulaba con una misteriosa oferta liderada por Gadair, que tampoco se concretó.
Iberia se cansó y se puso a trabajar en otro 'plan de vuelo': la fusión de Clickair, su filial de bajo coste, con Vueling. Al ver que esta operación salía adelante y que Competencia no le iba a dejar absorber también a Spanair, optó por olvidarse de esta última. Luego, además, surgió su propia unión con British Airways.
SAS se quedó así sin comprador y no tuvo más remedio que enfrentarse a la precaria situación de la compañía para evitar que termine en la quiebra. De ahí surgió el duro e impopular plan de ajuste que presentó en julio. El accidente de ayer no hace sino acrecentar la incertidumbre sobre el futuro de la aerolínea.