Lo que la azafata M.R.H. vio por el ojo de buey de la nave de Iberia que aterrizaba sobre las 14.45 en el aeropuerto de Barajas no se le olvidará nunca. Su avión, procedente de la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, tomaba tierra por la pista que transcurre paralela a la que el aparato de Spanair estaba utilizando para intentar despegar. Desde su asiento en el transportín de 'bussiness' oyó el grito del comandante. «¡Hostia!». Se asomó a la cabina. «¡Ese avión no despega, no va al aire!», exclamaba, consternado, el piloto. No daba crédito a la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. «¡Se están comiendo la pista!»
«Iba muy deprisa, había entrado en carrera de despegue, parece que le había explotado una rueda, pero ya había traspasado el límite para poder frenar. Era muy tarde, ya estaban volando». Después, todo sucedió muy deprisa. En apenas unos segundos, la tripulación de Iberia presenció desde las ventanillas cómo explotaba el motor izquierdo del avión cuando éste se encontraba a unos setenta metros del suelo y caía «como una hoja». «Esto no es como en los dibujos animados, los aviones cuando se quedan sin motor no se caen al instante, primero planean un poco», explican los tripulantes, testigos directos de la tragedia.
«Ha tocado el suelo con el ala izquierda dando bandazos y en ese momento ha sucedido la explosión y se ha partido», rememoran. En sus retinas siempre se quedará grabada la imagen de la bola de fuego y la columna de humo. «La verdad, al verlo, inmediatamente pensamos en que no habría apenas supervivientes», dice la auxiliar de vuelo. «Esto que voy a decir puede resultar morboso, pero reconozco que al ver la humareda no pude evitar pensar que en ese mismo momento muchos de los pasajeros que quizás hubieran sobrevivido al choque se estarían calcinando».
M.R.H. confiesa que lloró. «Ha sido horrible, como una película, parece imposible que te ocurra a ti. Sabemos además, por otros compañeros, que el segundo piloto se casaba en apenas dos meses».
Era, según todos los indicios, la segunda intentona de despegue de la aeronave de Spanair. En la primera, la tripulación del vuelo siniestrado detectó una avería. Todo apunta a que el segundo de a bordo, encargado de la revisión exterior, bajó a inspeccionar lo que sucedía para después reiniciar el vuelo. Según explica la azafata, los MD están cualificados para volar con un solo motor, por lo que supone que la explosión de uno de ellos no ha sido la única causa del accidente. «Puede que haya sucedido una explosión, que haya afectado luego a otros sistemas, como por ejemplo, el hidráulico, pero nunca, nunca es una sola cosa. Siempre es un cúmulo de circunstancias».
«¿Qué pasa, qué pasa?»
Dentro de su avión de Iberia, casi nadie fue consciente de nada, relata. «Estaban muy desconcertados y preguntaban '¿qué pasa? ¿qué pasa?' pero no se enteraban de mucho». «Es casi imposible, desde dentro no se oye nada, el avión está cerrado de forma hermética y estaban los motores en marcha. Quizás tres o cuatro pasajeros se hayan dado cuenta de lo ocurrido, pero no más», asegura. M.R.H. vuelve a casa en la furgoneta de la compañía que normalmente la transporta desde el aeropuerto cuando termina su jornada laboral. No quiere pensar más en ello. Se le han agotado las lágrimas. Lleva cuatro días fuera y un vuelo de diez horas y media encima. La esperan en casa sus dos pequeños y un marido compañero de vuelos.