Aunque nada podrá animar a su tristeza por lo ocurrido, hoy, renacidos, aún se sienten agradecidos por la buena suerte que les libró de la tragedia y les mantiene con vida. Esta buena suerte era ayer el odioso 'overbooking', el tener que regatear por un billete más económico, la mala costumbre de llegar tarde a todas partes. Hubo pasajeros que, en el último momento y por diferentes motivos, no tomaron el vuelo de Spanair que acabó con la vida de 159 personas.
Cuando le rondó la muerte, Rafael tenía billete para el vuelo JKK 5022, pero él consiguió seducirla. La primera, presentándose con el tiempo justo en el mostrador de la compaía aérea. Asustado, ayer explicaba a los periodistas que le comunicaron que no iba a tener plaza en el avión porque era imposible buscarle con tanta premura plaza y más aún, cuando su billete ya estaba asignado. En su fuero interno, el hombre maldijo una y mil veces el 'overbooking' y rogó una solución. Casi resultó. «Tiene la opción de pasar a primera clase», le dijeron en un principio, pero al instante supo que «tampoco» cabía esta posibilidad. Iba a tener que esperar dos horas.
Cuando poco después recibió una llamada de su hermano alertado por las malas noticias que escupían varias cadenas televisivas, supo que había esquivado a la muerte. Rafael no dio credibilidad a las palabras de su hermano. «Aquí, en el aeropuerto no se nota nada», le dijo. En medio del trajín de la terminal, no era el único usuario que vivía en ese momento ajeno a la pesadilla que se vivía en una de las pistas de la T4.
Goreti llegaba a Barajas en el mismo momento en que se consumó la tragedia. La joven buscó la hora y el vuelo que mejor le iban por Internet. Enseguida «descarté éste, porque costaba diez euros más que otro. «Por diez euros no lo he cogido. Cambié Spanair por Iberia», repetía ayer con el susto metido en el cuerpo. Goreti enseguida se percató de la explosión -«muy alta, tremendamente visible y demasiado perfecta»-y del revuelo que de inmediato se apoderó de la terminal. «Pensaba que era un simulacro de algo, que no podía estar sucediendo nada a esa hora fuera de lo habitual».
La mujer de Héctor, en cambio, no podía hablar «de la conmoción» y era Héctor quien hablaba por los dos. La pareja, natural de Canarias, llegó a facturar «tres minutos después del cierre». Sí, maldijeron su mala fortuna y juraron en hebreo. La pareja ha pasado la noche en Madrid, a la espera de poder regresar hoy a Las Palmas. Saben que el azar jugó a su favor.