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La carrera hacia la Casa Blanca, Convención demócrata

Hillary Clinton, en un gesto pactado con su rival, detiene la votación de los delegados y promueve la proclamación unánime de la candidatura del senador afroamericano

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El candidato demócrata observa a través de una pantalla al ex presidente Clinton en la convención. / REUTERS
El proceso era festivo, pero tedioso. Estado por estado, en riguroso orden alfabético, toda la Unión votaba en voz alta por Hillary Clinton o Barack Obama cuando le llegó el turno a Nueva York. En esa esquina del Pepsi Center, la ex primera dama tomó el micrófono, pero no para informar del reparto de votos de su delegación, sino para presentar una moción «en espíritu de unidad» con la que suspender el sangrado y designar a Obama «por aclamación». La sala secundó la propuesta con un grito unánime, y así Barack Obama se convirtió ayer en el primer candidato negro en representar a uno de los dos partidos que se rotan la Casa Blanca.
Se cerraban las heridas. El Partido Demócrata sale unido y dispuesto a arrebatar la presidencia a los republicanos. Con ese gesto magnánimo, negociado con la campaña de Obama tras bambalinas, la senadora asumía el protagonismo y renunciaba a pasar a las estadísticas históricas como la mujer que arañó casi tantos delegados electos como el candidato, al que hubiera robado legitimidad si su nominación hubiera sido decidida por los superdelegados, aunque no parecía que ése hubiera sido el caso. Para cuando Clinton acaparó los focos y detuvo la votación, tres cuartas partes de los estados se habían pronunciado ya. Muchos de los delegados electos para representarla habían optado por Obama, después de que ella les liberase de la obligación de seguirla apenas tres horas antes.
Éste fue anoche el clima que precedió la aparición de Bill Clinton en la convención. La víspera, cuando su esposa subió al escenario para dar uno de los discursos más críticos de su vida, alguien le tendió una pancarta de 'Unity', que él aceptó con cara de poker.
La coreografía del gran espectáculo político que suponen las convenciones en EE UU acostumbra a proporcionar a toda la sala carteles con el nombre del orador estrella a punto de subir a escenario. 'Kennedy', 'Michelle', 'Hillary'... pero no era éste nombre el que cayó en manos del ex presidente, escrutado por todas las miradas. Es un secreto a voces que nadie ha sentido tanto su derrota como Bill Clinton, que hasta ayer se había resistido a cuadrarse ante Obama y darle públicamente su apoyo.
Espinas clavadas
El contenido de su discurso no cayó en manos de la campaña de Obama hasta que llegó a última hora la copia para el monitor. El encargado de redactarlo había sido el guionista de la popular serie de televisión 'El Ala Oeste', Jeff Shesol, que trabajase en su día para el ex presidente, lo que permitía anticipar un discurso hollywoodense para conquistar a las masas. Bill Clinton, el único demócrata que ha ganado dos mandatos en la Casa Blanca desde Franklyn Delano Roosevelt, en 1933, es un verdadero animal político que no podía resignarse a perder brillo. El hipnotizador de las masas ha convertido en oro a cada candidato demócrata que ha apoyado en las últimas tres décadas, salvo a su esposa. Una espinita con la que tendrá que vivir incluso cuando se saque las que tiene con Obama.
Sus allegados dicen que está herido por algunos comentarios poco halagadores que el senador por Illinois hiciera de su legado durante las primarias, pero sobre todo no le perdona que su equipo haya permitido que le tachasen de racista por comentarios poco afortunados sacados de contexto. Eso explicaría que, según la CNN, hoy no esté en el estadio del Invesco Field donde Obama dará su histórico discurso de coronación, justo 45 años después de que Martin Luther King pronunciase el legendario «I have a dream» (Tengo un sueño).
Tendrá también que remontar la marca que dejó el martes su esposa sobre el escenario del Pepsi Center, donde brilló con luz propia aclamada por sus seguidores con un rugido ensordecedor. Tan pronto como apareció su imagen en las pantallas, con un vídeo narrado por Chelsea Clinton donde aclamaba los logros de su vida, el estadio se vino abajo. «Vale, no será astronauta, pero ha tendido la mano hacia las estrellas y siempre lo seguirá haciendo», lapidó su orgullosa hija.
Tras caminar por la delgada línea roja durante meses, la ex primera dama tuvo por fin que demostrar en voz alta su apoyo inequívoco al candidato del que dijo ser «una orgullosa seguidora». «Tanto si votasteis por mí como si votasteis por Barack Obama, ha llegado la hora de unirnos bajo un solo propósito común», pidió nada más comenzar su esperado discurso. «Estamos en el mismo equipo, y ninguno de nosotros puede permitirse quedarse a un lado. Esta es una lucha por el futuro, y es una lucha que tenemos que ganar».
En las gradas, sus seguidoras más aguerridas, esas feministas de los años 60 que habían soñado con ver a una mujer convertida en presidente, ésas a las que Hillary saludó como «mis hermanas viajeras del traje pantalón», se enjugaban las lágrimas desoconsoladas. «Le faltó tan poquito», lamentaba Aleita Huggenin. «Te puedo decir que a mi madre le cuesta mucho aceptarlo, tiene 80 años y no sabe si va a vivir otros cuatro para verla presentarse de nuevo».
Algunas aceptaban dolorosamente que había llegado el final del viaje. Otras vieron en el discurso de Clinton la prueba de que hubiera sido mejor presidente que Obama, y algunas más se resistían a aceptar el mensaje de unidad que les había lanzado su heroína.
«Ella no tiene más remedio que decirlo, pero todos sabemos que Obama no puede ganar en noviembre», insistía Jennifer Miller. Columnistas como Maureen Dowd denunciaban ayer en las páginas del 'New York Times' las contradicciones de la senadora, que fuera del escenario había sonado más «como si estuviera a punto de anunciar la creación de su comité exploratorio para las elecciones de 2012».
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