«Ni España es el centro del mundo ni Ucrania es tan malo como lo pintan», sentencia Igor Barrios. Y es que a este bilbaíno de 28 años las cosas le van muy bien desde que se instalara hace tres años en la capital ucraniana. Se ha casado, regenta su propio negocio y ha creado una página web para españoles con información sobre su país de adopción. En definitiva, está contento con su nueva vida y es muy feliz.
Pero para entender su historia hay que remontarse tres años atrás, a unas vacaciones en Praga, en las que su mundo iba a dar un giro de 180 grados. Allí conoció a la que hoy es su mujer, Natalia, y dio el pistoletazo de salida a su nueva vida. «Me enamoré como un loco y durante un año mantuvimos el contacto por teléfono y con viajes esporádicos. Sin embargo, al final decidimos que no queríamos una relación a distancia y tomé una decisión». Dicho y hecho. Igor dejó su Bilbao y puso rumbo a Kiev, la tierra natal de su esposa. «Cuando lo conté en casa todo el mundo se sorprendió. '¿Ucrania? ¡Pero si eso no lo conoce nadie!', me decía mi madre», recuerda entre risas.
Ya asentado en su nuevo hogar, Igor comenzó a pensar en su futuro. Junto a su pareja, encontró empleo en una empresa de transporte de embarcaciones, pero la aventura no salió bien. De repente se encontró en el paro. No quería volver a casa con las manos vacías, así que, impulsado por su orgullo y concienciado de que la vuelta al País Vasco no era una opción, comenzó a desarrollar ideas sobre qué podía hacer un vasco en Kiev.
Y la solución no pudo ser más fácil. «En Bilbao trabajaba de masajista, así que intenté desarrollar una idea que tuviera relación con este sector y que marcara la diferencia en Ucrania. Se me ocurrió montar un salón de belleza con toques españoles, algo original e innovador».
Ni corto ni perezoso, decoró el local con objetos típicos y promocionó el 'masaje español'. «En Ucrania tenían una idea poco profesional de este trabajo», resume. Al poco tiempo el negocio comenzó a dar sus primeros frutos y a día de hoy es todo un referente en Kiev con sus servicios de masaje, peluquería y maquillaje. Tanto que, según Igor, a él acuden estrellas locales de la talla de Ekaterina Semenova, la «Penélope Cruz ucraniana». Todo un éxito.
A pesar de que la peripecia de Igor en Ucrania parece que ha sido coser y cantar, la realidad es que para un extranjero montar un negocio es casi «misión imposible». «Muchos países de la antigua Unión Soviética mantienen una mentalidad tan diferente a la europea que es muy difícil comprender sus planteamientos sin vivir allí una temporada».
Enamorado del país
Además, por si el choque cultural no fuera suficiente obstáculo, el problema de comunicación que genera el desconocimiento del idioma dificulta mucho más las cosas. «El lenguaje de los negocios es el ruso, nada de inglés. Yo fui a Kiev con las manos vacías y sin tener ni idea, pero ahora que lo hablo un poco, he notado que el trato es diferente. Valoran mucho que lo aprendas».
El idioma no ha sido el único handicap al que se ha tenido que enfrentar. Tampoco fue sencillo montar una empresa en Kiev. «Hay mucha corrupción, la burocracia es dura y, sobre todo, existen muchas reticencias hacia los extranjeros», comenta.
Sin embargo, una vez superado todo el proceso de adaptación, empezó a descubrir todo lo positivo que Ucrania le ofrecía. Tanto se ha esforzado que hoy se confiesa un auténtico enamorado del país. «Ahora conozco su cultura, su mentalidad y su historia. Tienen un concepto muy bueno de la familia, son muy trabajadores, la relación con la pareja es fundamental y hay un nivel cultural envidiable. Son muy maduros», define.
También hay un lado no tan amable. «Es cierto que están atrasados en ciertas materias. Por ejemplo, los roles de hombre y mujer están muy marcados y todavía existen muchos tabúes sociales. Se parece un poco a la España de hace diez años, pero cuando consigues ver más allá, conoces su auténtica belleza».
De hecho, su última visita a casa hace menos de un mes, lejos de despertarle morriña, no ha hecho más que reafirmar sus impresiones. «Ahora me cuesta aclimatarme a España. Veo amigos que tienen treinta años y son unos auténticos críos. Cuando viajas al extranjero maduras de otra forma. La vida resulta más dura, pero también más intensa».