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Sociedad

Moda. Madrid Fashion Week

EL CORREO acompaña a Miriam Ocariz en la presentación de su colección primavera-verano 2009 en la pasarela madrileña
18.09.08 -

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«¡Tres minutos y entramos!». Alguien de la organización atraviesa el pasillo subido en monopatín para advertir de que el desfile está a punto de comenzar. «Te lo juegas todo en un cuarto de hora». Es el momento de la diseñadora bilbaína Miriam Ocariz. Los ojos de la moda española están a punto de clavarse en ella y en la fila de modelos que esperan su turno para recorrer la pasarela de Cibeles y dar cuenta de sus propuestas para la primavera y verano de 2009. «En este momento es cuando, inevitablemente, te pones histérica», asegura. Y aunque todo está controlado tras un trabajo incesante, confiesa que cada vez que echa un vistazo a su alrededor cambiaría algo. «Sólo quiero que suena la música y que, sobre ella, todo fluya».
Las jóvenes son retocadas incesantemente, pasan de mano en mano hasta llegar a la creadora, la última supervisora antes de que accedan al escenario. La mayoría parecen recién llegadas de Bratislava, Odessa o algún paraje lejano de Siberia, un lugar donde el Sol no brilla demasiado y no se acostumbra a comer tres veces al día. Son rubias, muy delgadas, de marcados omoplatos y largas extremidades, y ninguna evidencia generoso busto.
Evidentemente, la lánguida y transparente fisonomía eslava marca tendencia en todo el mundo, porque el castellano perfecto de algunas delata su origen castizo. «Ahora no se busca la supermujer, la muñeca perfecta, sino que se apuesta por bellezas extrañas, más cercanas a la calle, de una sugerente ambigüedad», explica Ocariz, que busca un romanticismo de nueva ola en la combinación de sus estampados sutiles sobre esas pieles pálidas. «No me gustan las imágenes obvias», alega. ¿Elegiría a Claudia Schiffer con sus mejores tersuras si tuviera la ocasión, o las supermodelos de los noventa pasaron a mejor 'book'? «Sí, por supuesto, era maravillosa, pero cambiaría el estilismo», opina.
Un trabajo muy serio
El equipo no se relaja y mientras ellas atienden coquetas los requerimientos de los fotógrafos, los maquilladores y peluqueros atisban y corrigen cualquier imperfección, real o figurada. Llega el momento. Surgen los sonidos contundentes de Client al otro lado de la mampara y, una a una, se introducen en el pasillo para recorrer un camino de metacrilato rojo flanqueado por fluorescentes que Miriam contempla desde un monitor.
En otros desfiles, antes de que se inicie el espectáculo, los pequeños tumultos delatan la presencia de ministros, celebridades varias y famosetes dispares, asediados por la prensa del corazón y los programas gamberros de la televisión. La diseñadora vasca no busca que su fila uno esté repleta de nombres famosos. «Es una manera de atraer a los medios de comunicación, y también de banalizar un trabajo muy serio».
Esa compleja labor se ha iniciado un mes antes con la elección de las modelos y tiene sus últimos eslabones en la supervisión de la puesta en escena, concebido por la propia diseñadora. «A las chicas las ves en fotografía y las eliges con la esperanza de que sepan transmitir tu idea», explica. La apuesta conlleva sus riesgos. «Si una lo hace mal, frena todo el ritmo, se desnivela».
El consumidor televisivo suele contemplar una sucesión de prendas en primer plano. El asistente a Cibeles goza de otra experiencia, breve pero única. En todos los casos, parece que asistimos a enigmáticas ceremonias, tal vez un auto sacramental o una sobria 'perfomance'. Quizás a un extraño culto en el que las sacerdotisas, prácticamente clónicas, se rigen por ritos sensuales que exigen cruzar las piernas, un movimiento conocido como 'catwalk', en el avance inexorable hacia las cámaras de vídeo y los flashes que, como si fueran un altar, las aguardan al fondo del salón.
En su participación, Amaya Arzuaga exigía a sus modelos no sonreír ni apoyar las manos en la cintura. Vestidas con fibra óptica, parecían pequeños robots recién manufacturados en una cadena de montaje. Por fortuna, una modelo en la pasarela de Francis Montesinos rompió la apatía expresiva para sonreírnos y mostrar, inesperada y fugazmente, un pecho. Por un instante, Cibeles, tan seria, casi sacralizada, se convirtió en la final más comentada de la Superbowl.
Pero la impresión superficial puede frivolizar una realidad compleja. «No se trata de un mero espectáculo, hay toda una forma de pensamiento detrás», alega Ocariz. «Intentamos dar una visión del individuo, una imagen, una ilusión, algo que se transmite a través de formas, colores y materiales. Cada aspecto comunica algo, matiza un mensaje». Nos recomienda desterrar esa opinión basada en si elegiríamos tal o cual prenda. «Fíjate en el movimiento, el volumen, la relación con la música y las sensaciones que trasmite, en la inquietud que provoca, no en si lo llevarías a tu armario. Luego, cada uno ha de elaborar su propia propuesta».
«Una depresión posparto»
Mientras tanto, todo va bien en el desfile. No ha ocurrido nada tan grave como aquella ocasión en Barcelona en la que no llegó el calzado a tiempo y su gente tuvo que hacer apresurado acopio de zapatos de salón y teñirlos la víspera de la presentación. Las modelos entran, salen, corren, si pueden, sobre elevados tacones hacia el 'set' donde las vestidoras las cambian velozmente. En las perchas, bajo su foto, cada una cuenta con su ropa asignada y todos los complementos. En el caso de Agatha Ruiz de la Prada, sus cromáticos diseños, bolsos, zapatos y, ejem, cascos de motorista.
Durante catorce minutos se suceden treinta y ocho intervenciones. Daiane Conterato, Sheila Márquez y Marina Pérez son algunas de las 'top' participantes. Tras el aplauso final, llega una fase extraña. «Me da mucho bajón», revela Ocariz. «¿Tanto trabajo y ya está? ¡Sucede tan rápido! Es como una depresión posparto, te quedas rara». Ese transitorio vacío se suele llenar con los abrazos de todos los participantes y la reunión en el 'kissing room', allí dónde, teóricamente, la clá, los amigos y colegas, besuquean y felicitan a la estrella mientras paladean cócteles de vodka.
Al día siguiente llegarán las críticas de los medios. A menudo, las impresiones se reducen a comentarios tan vagos como 'convencional', 'divertida' o 'en su línea'. El halago y el desdén se despachan rápidamente. «A menudo, son comentarios muy descriptivos, superficiales, que no intentan ir a los verdaderos motivos», lamenta la diseñadora, y defiende la dignificación y profundidad de una creación que, por su calidad, siempre apuesta a sobrevivir a la temporada. «Con la ropa, hay que sorprender y emocionar. Con cada prenda nueva, ¿no queremos sentirnos mejores, algo más felices, reforzar nuestra identidad? Comprarlas sólo por aparentar es una pena».
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