«¿Y vosotros quiénes sois?», pregunta una militante del PNV que lucía una pegatina de 'Kontsulta Bai' a una mujer morena y vestida de negro que se ha sumado en las campas de Foronda al desfile oficial de cargos nacionalistas. Lleva al hombro una bandera blanca, verde y roja pero no con las franjas cruzadas de la ikurriña sino con líneas superpuestas. «De Saboya. De Italia», responde. «Pues... ¡Gora Saboya! ¡Gora Saboya!», comienza a gritar la simpatizante jeltzale. El minuto de gloria de los nacionalistas italianos que acudieron al Alderdi Eguna se reduce a apenas unos segundos.
Sobre el trigal cosechado y polvoriento de Foronda aparece en ese instante Juan José Ibarretxe. Se desata el paroxismo. Aplausos, gritos de «Aupa Juanjo», «Ari, Ari, Ari, Ibarretxe, lehendakari» o «Ibarretxe aurrera». Mujeres con niños en brazos, jóvenes de Egi, veteranos militantes con boina y camisa a cuadros. Todos se lanzan sobre él. El lehendakari lleva una gorra negra de Euskaltel, un jersey Lacoste, pantalones kakis y zapatillas Reebok blancas. Avanza con ánimo decidido, dejando que sus seguidores le abracen, le zarandeen, le palmeen las mejillas, le besen. «Ni en el festival de cine», exclama un fotógrafo que intenta sortear la masa de brazos que se abalanza sobre el presidente. El carisma de lehendakari está a punto de entrar en erupción.
Cuando Ibarretxe sube al estrado alfombrado en azul donde se desarrolla el acto, el senador Iñaki Anasagasti es el primero en recibir su saludo. «Me ha dicho que el sábado por la noche me estuvo viendo en 'La Noria'», explicaría más tarde en alusión al programa de Telecinco.
Anchoas y guindillas
Su discurso no interrumpe la actividad en las txoznas. En la del Gipuzku buru batzar sirven pinchos de anchoas con guindillas. A unos pasos se encuentra el puesto del Araba buru batzar. En su parte trasera venden 'Eusko Hamburguesas' a cinco euros. Al otro lado del recinto, alejada, está la sede del Bizkai buru batzar. Mientras el núcleo duro del partido sigue las palabras de Ibarretxe en el amplio recinto situado frente al estrado, en las txoznas los militantes más fríos toman blancos y hacen planes para comer.
«No me dejan dar mi opinión», se queja Ibarretxe en la megafonía. En el centro de la campa, bajo una carpa blanca, se recogen firmas «en defensa de una consulta popular». Los militantes se llevan de diez en diez los folios para aportar la rúbrica. Cuando comienza a escucharse al presidente del partido, Iñigo Urkullu, una mujer madura arrampla con un grueso taco «para las amigas».
La atonía salta por los aires cuando Urkullu anuncia que Ibarretxe volverá a ser candidato. Salvas de aplausos. Gritos. Un joven eleva la voz y jalea: «¡Caña a España, lehendakari!».
Al terminar el mitin, el carisma de Ibarretxe entre su militancia ya ha entrado en erupción. Cientos de personas le rodean para darle ánimos, para sacarle fotos con el móvil, para darle más besos. El lehendakari apenas consigue dar unos pasos sin que la marea humana se cierre sobre él. Parece cansado y su mujer, vestida con los colores de la ikurriña, se acerca para darle un botellín de ciclista y que beba agua. Se fotografía con el PNV de Dulantzi, con familias, con los veteranos gudaris, con los jóvenes de Egi.
Entonces le rodean media docena de hombres con mostacho. «We are kurdish people», le explican los delegados del Partido Demócrata del Kurdistán. El presidente vasco se detiene. Durante unos segundos les mira. Luego les señala con el dedo. Su cansancio ha desaparecido. «You are hard. You are the future» ('Sois duros. Sois el futuro'), les espeta en inglés.
Con grandes esfuerzos, su mujer y su equipo consiguen llevar al lehendakari hasta un todoterreno, en la parte trasera del estrado. Ibarretxe se recuesta en el asiento trasero. Vuelve a parecer cansado. «Pobre hombre, le mareamos», suspira una militante.