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D entro de poco, el paisaje urbano de Bilbao estará dominado por la Torre Iberdrola, el rascacielos de César Pelli que hará bueno el tópico y brillará, esta vez sí, con luz propia. Será un enorme edificio simbólico situado en la zona simbólica de la ciudad simbólica. No descarten que, de seguir las cosas así, llegue el día en que se precise la compañía de un semiólogo para pasear sin riesgo por Abandoibarra.
La torre albergará las oficinas centrales de Iberdrola y esas cosas que suelen albergar los rascacielos situados en los meollos económicos de las ciudades. Los políticos y los promotores inmobiliarios nos dicen que el edificio está llamado a ser el nuevo centro de negocios de la villa. Es una perspectiva maravillosa. Si la crisis económica no lo impide, nada más entrar en la torre notaremos una suave melodía de acciones emergentes y cajas registradoras. En sus pasillos nos cruzaremos con sonrientes empresarios con chistera y respiraremos el sutilísimo aroma del dinero que cambia de manos. Fíjense cómo será la cosa, que el rascacielos tendrá su propio helipuerto. Es un detalle significativo. Uno siempre prefiere ir a hacer negocios a un sitio donde puede aparcar el helicóptero. El helipuerto es al edificio financiero lo que los muñecos de los novios a la cremosa tarta nupcial.
Por lo que parece, las obras de la torre avanzan a buen ritmo. La alianza entre el gran capital y las grandes excavadoras siempre es imponente. El edificio está promovido por una sociedad formada por Iberdrola y Promotora Vizcaína. Salta ahora la noticia de que la constructora está en negociaciones con La Caixa para deshacerse de su 50%. En ocasiones como estas echamos de menos un cerebro financiero. Sucede que, a partir de ciertas cantidades, el dinero es un material que pasa del estado físico al gaseoso. Es entonces cuando los materialistas solemos despistarnos. Entendemos, sin embargo, que el cambio de propietarios supone un jugoso cambalache de millones y que puede implicar una cierta redefinición de la torre. Pero lo que más nos fascina es que también se pone en juego la participación en esa inmensa metáfora del poder que es el nuevo Bilbao: una mercancía invisible que se paga con dinero contante y sonante.
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