«Una horquilla de la caja de cambios de un camión es un pelotari. Un trozo de chatarra es una madre con su hijo. O un ciclista. O un coche. Y entonces un pelotari es un poco madre, un poco ciclista, un poco coche». El escritor bilbaíno Luis de Isusi arranca con este párrafo sus impresiones sobre la obra escultórica de Enrique Díaz Soldevilla (1935-2006), el artista del sombrero verde, calzado deportivo y gruesa cadena de plata al cuello que entendía el arte como la comunión perfecta entre la creatividad y lo cotidiano. Troquelista de profesión e impresionista de corazón, para él cualquier objeto era susceptible de convertirse en una escultura, ya fuera una piedra, una raíz o un trozo de chatarra.
Su propia hija, doctora en Estética, reconoce en esa virtud una de sus «grandezas». «Veía arte en su entorno más inmediato», apostilla Virginia Díaz Gorriti en el catálogo editado por el Museo de Arte e Historia con motivo de la exposición sobre el artista durangués que se abrió el viernes al público y podrá ser visitada hasta el 2 de noviembre. Junto a Díaz Gorriti e Isusi, en la «pequeña antología», con fotografías de Txelu Angoitia, han colaborado Marta Benítez Cordonets, del Museo madrileño de los orígenes, la periodista Amaia Pildain y el profesor de literatura Carlos López Pardo.
2.000 piezas
Por limitaciones de espacio, la muestra sólo da cabida a cerca de cuarenta piezas de las más de 2.000 que conforman su prolífica obra. En todas ellas hay un denominador común: son figuras de hierro que evocan escenas del mundo tradicional vasco, estampas deportivas o de lances taurinos, sin olvidar algunas «parodias de grandes obras del pasado» que reflejan a la perfección la personalidad de un artista que nunca quiso someterse «a los rigores del marchante, galerista o cualquier otro intermediario (chupatintas), lo que le abocó a un feroz nihilismo sobre el estadio del arte actual y sobre la figura de los artistas», según su hija.
Organizada a instancia de su familia, la exposición es la segunda que se desarrolla desde su muerte. Fue la Asociación de Artistas del Duranguesado quien le ofreció su primer homenaje en las salas de Ezkurdi, un espacio vinculado de manera íntima a la memoria de este artista autodidacta que, ya a los 13 años, recibía encargos para pintar cuadros de caseríos. Su trabajo posterior en una forja le descubrió nuevas técnicas para sus esculturas. De ahí a su primera muestra individual, en una sucursal eibarresa a finales de los 60, todo fue uno.