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04.11.08 -

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E l primer día de cada curso de 'Introducción al Derecho' que impartí comenzaba con la misma frase: «nuestro derecho termina donde empieza el derecho de los demás». También empezaba con el mismo ejemplo, la difícil compatibilización entre el derecho a divertirse de la gente, el derecho a ganar dinero del empresario y el derecho a descansar y vivir en paz de cada uno en su casa. Es algo que los alumnos de Primero de Empresariales, ajenos hasta entonces al mundo del Derecho, entendían a la perfección.
Cada una de las 3.000 personas que participaron en el botellón del sábado son gente, en su mayoría con sanas ganas de divertirse. También es cierto que probablemente acabarían hastiados si tuvieran bajo su piso un bar nocturno que incumpliera las normas de horarios y ruidos, y si sus portales aparecieran cada fin de semana rodeados de cristales rotos y suciedad.
Ordenar todos estos derechos es complicado y entiendo que la ordenanza de hostelería que se prepara para la ciudad pretende coordinar tales aspectos desde la óptica fundamental de minimizar las molestias, primando la presencia de hosteleros que ajustándose a las normas puedan al mismo tiempo ampliar sus ámbitos temporales de negocio. Sería lo deseable.
Éste es el tema del día. Pero cada día habrá un tema para que los grupúsculos que exigen máximo respeto a sus derechos, mientras ignoran 'de tirón' los de los demás, destrocen todo aquello de lo que sean capaces.
Vitoria es una ciudad desarrollada en el ámbito de los derechos sociales y de las garantías a su ejercicio. Y es muy bueno que así sea. Pero no hay que olvidar que muchas veces, tratando de ser escrupuloso con los derechos de quienes destrozan la convivencia, se puede dejar de lado los de la inmensa mayoría silenciosa, que por serlo acaba pagando los platos rotos. Por cómodo que pueda ser, esta situación no debe aceptarse nunca.
Un abrazo para Periscopio, una de esas iniciativas que abren nuestra ciudad al mundo.
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