Como cada lunes, Satur Chamorro se puso ayer el delantal en el comedor de Apostólicas, en la calle Manuel Allende de Bilbao. Él no vive en el barrio sino en Getxo, pero un día fue a su parroquia y preguntó «a ver qué podía hacer. Tenía inquietud por colaborar en temas sociales», recuerda. Entonces le hablaron de los comedores y en enero decidió hacerse voluntario. «Es abrir la ventana a algo que no conoces, una realidad que al principio te impacta».
Lo que más le hace pensar es que «hay mucha gente joven. No tengo mucho contacto con ellos, pero se les ve bastante deteriorados. Y los que somos padres no podemos evitar hacer comparaciones. Pienso: '¡si es más joven que mi hijo!'». El trabajo de los voluntarios es básico para que funcionen los comedores de Irala y Apostólicas, que no cuentan, como el de Conde Aresti, con el respaldo del personal de la residencia. En Irala uno de los fijos es José Luis, un profesor jubilado de 78 años, aunque también hay muchas chicas. A un grupo de alumnas de segundo de Bachiller en Jesuitas le convalidan una asignatura por colaborar aquí y en La Misericordia. Aprenden «cosas que no te imaginabas», dice una de ellas mientras sirve las mesas.
A los usuarios no les gusta la presencia de periodistas, intrusos en su rutina. Suelen hablar poco, pero «les acabas conociendo», asegura Alberto Atauri, educador social que trabaja con los franciscanos. Él sabe por experiencia que este es un «punto de encuentro» de «muchos jóvenes inmigrantes que vienen a probar suerte y personas mayores que viven en habitaciones alquiladas». Aquí pueden ponerse en contacto con otros servicios sociales. «A veces me llaman de un centro porque pierden la pista a alguien y el comedor es el mejor sitio para encontrarle», dice.
Duchas y lavandería
En el local de Apostólicas hay varios recursos junto al comedor. Un centro de día donde los comensales pueden ver la tele o jugar a las cartas, duchas y una lavandería, ambas al precio simbólico de un euro. A partir del mediodía, Cristina y Nora, dos amigas, se unen a Satur en la cocina. «La comida no tiene nada que envidiar a ningún menú», destacan. La gente mayor «es la que más tiene ganas de contar sus cosas» y los inmigrantes hablan poco, «pero son muy respetuosos y educados». A Satur, que trabajaba en una fábrica y ahora está en paro, le preocupa que «con la crisis veamos a más familias en esta situación. La pobreza la veías en la prensa, pero son datos fríos. Afecta a personas, y veo poca sensibilidad por parte de los políticos», concluye.