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Cultura

19.11.08 -

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Decía Eugenio D'Ors que Sert pintaba con caca y purpurina, lo cual nunca impidió admirar su obra y, más concretamente, los murales que decoran la sala Francisco de Vitoria en la sede de la ONU. Tradición matérica a la española, al fin y al cabo, como la seguida por Miquel Barceló en esa otra sala de la misma sede, donde fluye la materia en fusión de lo orgánico y lo inorgánico, la creación y la descomposición, lo físico con lo espiritual y lo real con lo metafórico.
Una obra genial, sin duda, repleta de sentido, de estética, de contrastes cromáticos y de caca, ya lo digo, pero no por culpa del artista o de su eterna vocación por la acumulación de vida orgánica en descomposición, sino más bien por ese pecado de la política que hace del descuido y el oscurantismo un excremento que ensucia la calidad democrática. Porque no tiene pase, no, que la financiación de una obra de arte convertida en regalo de buena voluntad o en aportación española a un organismo multilateral de paz se ensucie con el descuido en la atribución del origen de los fondos y, todavía más, con las medias verdades a la hora de justificar una metedura de pata. Y mucho peor, también, que todo ello se convierta en arma arrojadiza para una contienda política sin límite alguno.
Triste asunto, pues, ya que la polémica convierte en algo secundario la creación, con lo cual la caca se expande innecesariamente. Una caca que, lo mismo que a Eugenio D´Ors con la obra de Sert, no impide admirar la rotundidad de un arte hecho con la materia de la vida en forma de sueño.
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