A Inaxio Uria le gustaba jugar al tute. 'Gorria', como le llamaban sus amigos, era un «hombre bueno», de costumbres casi milimétricas y aficiones confesas: el trabajo y las partidas de cartas. Sus mejillas siempre sonrojadas le valieron un mote que ayer no dejaba de oírse en el bar 'Uranga', a escasos metros del lugar del atentado, donde compartía todos los días una partida de cartas que solía prolongarse hasta las siete de la tarde. «Primero iba al 'Kiruri', luego comía y venía en coche hasta aquí», resumía un hombre junto a la barra. «No hay derecho. ¿Qué solucionan con esto?», lanzaba apesadumbrado.
En una esquina del local, junto a la cristalera por donde asoma la tarde lluviosa, ennegrecida por el luto de la tragedia, departen sus cuatro amigos. «Esta es su silla, aquí pasaba sus tardes, siempre con su café y su 'farias', del que siempre se le caía la ceniza al pantalón y nos entraba la risa», señala con gesto tirante uno de ellos. La banqueta, tapizada de color verde con el respaldo ajado, espera vacía.
Al 'Uranga' llegaba siempre en su coche, un 'Volkswagen Tuareg', embarrado por los cuatro costados, una huella evidente que delataba su pasión por el trabajo. «Estaba medio jubilado, pero seguía yendo a las obras. 'Hasta que el cuerpo me lo impida', solía presumir», cuenta uno de sus conocidos.
Un volquete «y poco más»
«Trabajar, trabajar y trabajar. Inaxio no tenía más secreto. Así logró colocar a su empresa a ese nivel tan alto», comenta a pocos metros del lugar del atentado un antiguo compañero, cuyos ojos enrojecidos se pierden en el horizonte, donde las luces de las ambulancias iluminan el siniestro escenario. «Yo era encargado en una empresa de albañilería que trabajó con los Uria al principio de su andadura y siempre he tenido un buen concepto de esa familia. Empezaron en una cantera como unos obreros, con pico y pala. Al principio tenían un volquete, pero poco más. Todos ellos han trabajado toda su vida», recordó.
«Los pedidos en la empresa los recibía su hermano José Mari e Inaxio era el encargado de materializar la producción. Es decir, era quien sacaba adelante toda la construcción comprometida», añaden fuentes cercanas a la empresa. «Era un incansable trabajador que estaba encima de todas las obras en las que estaba inmersa la empresa», subrayan.
Enjugando las lágrimas y apretando los dientes de rabia, Román Sudupe, ex diputado general de Guipúzcoa, que mantenía una estrecha relación con el empresario asesinado, subraya también el tesón y el esfuerzo que Uria había invertido «toda su vida» en la empresa familiar. Se da la circunstancia de que el ex dirigente del PNV, que acudió al lugar del atentado, había cenado hace tres semanas con la víctima. Le dijo que «estaba algo delicado de salud». Sudupe también mantenía una relación de amistad con José Mari Korta, el presidente la patronal guipuzcoana Adegi, que fue asesinado por ETA hace ocho años.
De pelo blanqueado por las canas, estatura media, rostro rechoncho y carácter discreto, el empresario se aposentaba cada tarde frente a una ventana desde donde le gustaba observar sus bienes más valiosos: la compañía familiar y su casa, el caserío 'Azkune'. «En pocos metros había conseguido concentrar lo que más quería», interviene un vecino. Y en el barrio también le apreciaban. «Era un hombre bueno, bueno de verdad», coinciden en describir todos sus conocidos.
Nacido en Azpeitia un 4 de enero de hace 70 años, aprendió el oficio de la mano de su padre, Alejandro, un albañil que logró levantar desde abajo la empresa que hoy llora la muerte de uno de sus principales pilares. Inaxio, incansable trabajador, sacaba tiempo para disfrutar con sus vecinos. Siempre cerca de su casa, como si le costara desprenderse físicamente de sus raíces. «Era un azpeitiarra de pro, un empresario fiel, con carácter, como todos, pero un bonachón», detallan sus amigos.
La foto del año pasado
Heredó el carácter humilde de sus padres, era alegre, disfrutaba de los partidos de pelota, sobre todo en la feria de San Mateo de Logroño y en Lekeitio, cantaba en el coro de la basílica y hace años que participó en el grupo de teatro del barrio. «Aquí está con gente de la sociedad Loiolaetxe», de la que era socio, explica Manuel Guisasola, un jesuita al que conocía de sus tardes en el 'Uranga'. «La foto la saqué más o menos hace un año. Me apetecía retratar esas tardes de cartas, aunque a Inaxio no le gustaban mucho las fotos», relata. Lo que sí apreciaba eran los paseos por los jardines de Loyola. «Una magnífica persona. Nunca había mostrado que se sintiera amenazado», apostilla un conocido de la última víctima de ETA.
Fuera ya está anocheciendo. Junto al 'Kiruri', las cámaras de televisión y los fotógrafos se revuelven en la acera para grabar lo que nadie se atreve a mirar: los restos de sangre, vendas y guantes de látex que los sanitarios utilizaron inútilmente para reanimar al empresario asesinado. Un operario manguea el suelo, pero el potente chorro de agua no logra borrar la trágica estampa. «Me dan ganas de vomitar», se sincera uno de los representantes políticos que se ha acercado al lugar.
Desde el bar 'Uranga' no se distingue la imagen, pero la televisión ejerce de testigo. «Malditos cabrones...», se enfurece un hombre. A pocos metros, un veterano azpeitiarra resume la personalidad de Inaxio Uria con una frase bien expresiva: «Era un hombre de caserío hecho a sí mismo». Su silla, la de jugar a las cartas, continúa vacía, un poco más ajada y oscura.