Los Uria son una familia muy arraigada en Azpeitia. «Todos les conocemos. Son de aquí de toda la vida», coincidían los vecinos. Ayer, el pueblo que vio crecer y trabajar, sobre todo trabajar, a Inaxio Uria Mendizabal se quedó frío. Se echó en falta ese arrope y esa repulsa social hacia el crimen que necesita una familia cuando al descolgar el teléfono descubre de golpe que la banda terrorista le ha arrebatado de la manera más cobarde a uno de sus seres queridos. En su lugar, sólo impotencia y silencio. No hubo una condena unánime del asesinato, ni en el Ayuntamiento -gobernado por Acción Nacionalista Vasca- ni en la calle. «Así es este país, así de triste y así de duro», resumía con indignación un conocido de la víctima.
Decenas de curiosos se acercaron a lo largo del mediodía hasta el lugar en el que ETA acabó con la vida del empresario, de 70 años. Un enclave singular, situado frente a la basílica de Loiola. Pero pocos fueron los que quisieron expresar públicamente su repulsa. La imagen se repitió con mayor crudeza a las seis de la tarde en el Consistorio de la localidad guipuzcoana. En una sala de plenos a rebosar, los partidos de la mesa volvieron a reflejar la falta de unidad que reina en Euskadi a la hora de rechazar los zarpazos de la organización terrorista. ANV mostró su rostro habitual, y se negó a emitir una condena rotunda del atentado. Nadie esperaba otro desenlace. «El día en que estos cambien será cuando empecemos de una vez por todas a mirar hacia delante», comentaba un vecino de Azpeitia.
Apenas un minuto después de la votación, amigos de la víctima protagonizaban en el pleno la mayor muestra de afecto que se vivió durante la jornada. «¡Un aplauso fuerte en recuerdo de Inaxio!», gritó uno de los conocidos del fallecido. La respuesta no se hizo esperar. Mientras unos aplaudían, otros empezaban a abandonar la sala.
«Así no puede ser»
En la puerta, uno de los cuñados del fallecido, que trató de ofrecer una imagen de entereza durante las primeras horas de la tarde, e incluso llegó a atender a los medios de comunicación que se agolpaban junto al cordón policial, no pudo reprimir más el dolor. Rompió a llorar en una esquina, escondido, pero arropado por sus amigos, los de la cuadrilla de toda la vida. Fue entonces cuando se vivieron las escenas más polémicas. También las más crueles. Simpatizantes de ANV increparon al cuñado de Inaxio Uria, que prefirió mantener su nombre en el anonimato. Al pasar por su lado le recriminaron su actitud y llegaron incluso a exigirle que dejase «de montar el numerito». «Nosotros también hemos sufrido y seguimos sufriendo», le espetaron sin reparo varios radicales en tono amenazante.
Ya en la calle, el cuñado de la víctima no daba crédito. «Esto no puede ser, así no puede ser. Esos son los que dicen que defienden al pueblo», criticaba. El familiar, que declaró que a Inaxio Uria «no le importaría ser mártir si supiera que eso iba a servir para solucionar algo», aseguró que «lo que más duele es tener que callar después de que maten a los tuyos. Eso es lo peor», concluyó.